jueves, 2 de agosto de 2012

Dama de treboles cap 7




Los labios de Miley esbozaron entonces una tímida sonrisa.

   Nick adentró el coche por un sendero a la derecha del camino y, tras un breve trecho, paró a orillas del río Colorado.
La ayudó a bajar, soltó a los dos caballos y los acercó a la orilla para que bebieran.
Una vez saciaron su sed, los ató bajo la sombra de un grupo de chopos temblones.

Miley se había sentado apoyada en un árbol y él hizo lo mismo manteniendo cierta distancia.

   Mientras comían,  Miley fue consciente de que no dejaba de estudiarla.

   —¿Por qué has accedido a este matrimonio? — le espetó Nick de golpe.

   —Te has ofrecido a proporcionarme lo que más deseo.

   —No sabes nada de mí. ¿Y qué habría pasado si la partida la hubiese ganado otro?

   —Entonces, habría tenido que pensarlo — respondió deteniendo la vista en sus ojos.

   —Y conmigo no lo has pensado.

   —Me bastó con verte la primera vez. — Nick ladeó la cabeza con arrogancia —. No te equivoques, algunas personas no damos importancia a la apariencia física.
Tus ojos me dijeron lo que necesita a saber.

   —¿Y qué te dijeron? —preguntó entre la intriga y la decepción.

   —Que eres un hombre íntegro y puedo confiar en ti.

   Nick no replicó. Algo tenían en común.
Empezaba a descubrir que, bajo su apariencia insignificante, escondía un fuerte temperamento.

   Miley terminó su comida y decidió liberar una idea que le rondaba en la mente desde hacía rato.

   —Imagino que debes de haber tenido otras oportunidades. Lo deseable es casarse por amor. ¿Nunca has estado enamorado?

   —No, no lo he estado nunca. Y debes saber una cosa: no suelo responder a preguntas personales  — puntualizó mirándola a los ojos con dureza —. En cuanto a eso, será mejor que no albergues fantasías románticas porque no sé lo que es el amor, ni lo busco, ni me interesa. No esperes de mí otra cosa que protección y compañía.

   —Yo sí he conocido el amor. Las personas que llegan a sentirlo deben de ser muy afortunadas.

   —Creía que no habías tenido tratos con hombres —apostilló suspicaz.

   —Vi amor en mis padres —precisó  Miley sin amedrentarse —. Pero te aseguro que podré vivir sin él.

   Nick se levantó dando por concluida aquella conversación que lo había puesto de mal humor.

No acostumbraba dar explicaciones y no pensaba hacerlo, aunque se tratase de su esposa.

Tomó una cantimplora de la silla de su caballo y se dirigió a la orilla con intención de llenarla. Aprovechó para mojarse la cabeza y se peinó con los dedos.

   Mientras, Miley recogía los restos de la comida y se pregunta ha cuál sería el motivo de aquel carácter amargo.
Un rato antes le había parecido más comunicativo y ella se había confiado.
En adelante, debería ser más cuidadosa.

   Se levantó y se dirigió al Surrey, ya que del semblante hosco de su nuevo esposo acababa de deducir dos cosas:
que debía limitarse a conversaciones banales y que el descanso se había acabado.

Nick le tendió la cantimplora, ella bebió y se la devolvió sin hablar.
Reanudaron la marcha y el silencio reinó entre ellos durante más de media hora.

   —¿Falta mucho para llegar? — preguntó Miley transcurridas dieciséis millas.

   —Un par de millas más y habremos llegado a Indian Creek. ¿Lo conoces? — Ella negó con la cabeza —. Mi rancho está a tres millas de allí. No esperes riquezas. No nos faltará de nada, pero mi situación tampoco me permite derrochar. Habrás de conformarte con lo que tengas.

   —No dispongo del ajuar que debería aportar al matrimonio — confesó azorada — Me avergüenza presentarme en tu casa con las manos vacías.

   —Eso carece de importancia. — Él no había reparado siquiera en ese asunto—. Mi casa cuenta con todo lo necesario. ¿Es eso todo lo que tienes? —preguntó señalando el equipaje con la cabeza.

   —Todas mis pertenencias están ahí detrás.

   —Y tu madre adoptiva, ¿no te dejó nada?

   —Me legó la casa, pero la acabo de perder — respondió con sencillez —. He renunciado a ella al casarme contigo.

   Nick no dejó traslucir la sorpresa que le acababa de provocar aquella revelación.

   —¿Has renunciado a la propiedad de una casa en Kiowa para casarte con un desconocido?

   —No me ha quedado más remedio. Mi madre adoptiva me la legó con la condición de permanecer soltera. Pero ella ya no está, y yo siempre he querido tener un hogar, no una casa vacía.
 
   —¿Y qué pasará ahora con la casa? — inquirió sospechando la respuesta.

   —Pasa a manos de su hermano.

   —Ahora entiendo su alegría tras la boda — adujo indignado por la facilidad con que había conseguido su propósito aquel embaucador — De todos modos, podías haber mantenido la propiedad mientras esperabas alguna propuesta.

   —No quería permanecer ni un minuto más bajo el mismo techo que el señor McNabb.

   —Eso puedo entenderlo — aseguró —. Pero, dada su afición a buscarse problemas, no tardará en irse de la ciudad. Una vez sola, habrías podido escoger al hombre adecuado para casarte.

   —Acabo de hacerlo —respondió muy segura.

   Con aquella afirmación, que dejó a Nick pensativo, dio por terminada La conversación.

Dejaron atrás la última arboleda hasta Indian Creek.
Frente a ellos se extendían los prados del valle del Colorado y, a lo lejos, la silueta nevada de las Montañas Rocosas desdibujaba la línea del horizonte.

Miley alzó la vista al cielo y de nuevo pidió ayuda a sus padres.

La agradable brisa poco a poco se tornó en desapacible viento racheado.
Se anudó bien el gorro y bajó la vista hasta su regazo.

El hombre que iba sentado a su lado era su nuevo esposo y su presencia imponente le transmitía seguridad y a la vez desasosiego.

 Durante las siguientes dos millas no pronunciaron palabra alguna.




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