viernes, 10 de octubre de 2014

Dama de treboles cap 104 Final

Nick oyó galopar a su espalda y arrimó el carro a un lado. Pero cuando el impetuoso jinete llegó a su altura, se cruzó en su camino con un quiebro imprudente que obligó al caballo a alzar las patas. Nick tiró con fuerza de las riendas y sus animales pifiaron entre relinchos.

   Se quedó pálido, porque desde lo alto del imponente semental negro, Miley le dirigió una mirada capaz de hacer temblar al más valiente de los hombres.
Imaginó lo que se le venía encima cuando descabalgó ante él en un revuelo de enaguas. Nick enderezó la espalda y le sostuvo la mirada.

   —¿Dónde crees que vas, Jonas?

   ¿«Jonas»? Iba a ser duro lidiar con ella, muy duro.

   —Miley  —dijo con calma—, éste es tu lugar y yo no pertenezco a él.

   —Baja de ese carro y di todo lo que tengas que decir.

   Nick sintió que una mano se apoderaba de su corazón y empezaba a estrujarlo muy despacio. Descendió del carro y le acarició la mejilla con suavidad.

   Ella le apartó la mano de un manotazo.

   —El patrón acaba de decidir que se marcha sin una de sus reses. Porque es eso lo que soy para ti, ¿verdad? Un animal que no piensa.

   La tomó de los hombros con suavidad y notó que ella se estremecía. Si no acababa pronto, uno de los dos iba a acabar derrumbándose.

   —Miley  no… —le puso un dedo sobre los labios—, por favor, no me interrumpas. Has encontrado tu lugar. Pertenecemos a mundos distintos y no puedo permitir que renuncies a la vida que te mereces. Además, está el dinero. Sabes que no puedo aceptarlo. Todo lo que tengo es gracias a mi esfuerzo, y así va a seguir siendo.

   —Y ahora se supone que yo debo decir que renuncio a ese dinero para no herir tu orgullo —masculló mirándolo de frente. Sus ojos eran dos cuchillos—. ¡Pues no! No renuncio a nada.

   —Tu padre dedicó su vida a buscarte, la idea de que seguías con vida le ayudó a vivir y, con esa ilusión, lo guardó para ti. Debes aceptarlo en su memoria.

   —Por supuesto. Pero no es ésa la razón —anunció con vehemencia—. Soy la misma mujer ahora que cuando no tenía ni un mísero centavo. ¡Soy la misma! Dentro de este vestido elegante está la chica del vestido gris. Tendrás que aceptarme sin condiciones, con dinero o sin dinero, con ropas elegantes o sin ellas, con lo que tenga o con lo que deje de tener. Del mismo modo que yo te acepto a ti.

   —Anularemos el matrimonio y empezarás una nueva vida.

   La miró por última vez muriendo por dentro de tanto como le dolía dejarla y le dio la espalda.
Miley supo que si lo dejaba subir al carro no volvería a bajar.

   -¡Me Lied! -gritó-. Dijiste que eras mío.

   Nick cerró los ojos.

   —Y lo soy Miley  eso no va a cambiar. Te dejo libre porque te quiero.

   —¡Demuéstralo! —gritó temblando de rabia—. Que no sean solo palabras. ¿No entiendes que no puedes decidir por mí?

   —Tú me has hecho el mejor regalo, me has enseñado a quererme a mí mismo. Por favor, deja que yo te haga el único regalo que puedo ofrecerte.

   —Es mi vida, Nick, ¡soy yo quien decide! Si de verdad me quieres, regálame la libertad de elegir.

   —Solo quiero tu felicidad —murmuró.

   —Yo solo puedo ser feliz si estoy contigo.

:

FINAL

   En ese momento, Nick supo que acababa de perder la batalla. Nada. Nada destruiría esa unión que no se fraguó el día de la boda, tampoco aquella noche de agosto en la que fue suyo y ella de él. Ni él mismo iba a ser capaz de deshacer el nudo invisible que los enlazó para siempre mediante un baile silencioso en la soledad del desván.

   Giró en redondo y la miró de frente.

   —¡Al infierno con todo! —gritó para si mismo—. ¡Al infierno el orgullo, el dinero, la nueva vida y todos los parientes muertos!

   Nick hizo una pausa y respiró hondo antes de continuar.

   —¡Y al infierno los sacrificios por amor! Te quiero y eso es lo único que me importa. Miley tú eres todo mi mundo.

  Abrió los brazos y Miley ya no pudo contener el llanto. Se lanzó a refugiarse en su abrazo y sus bocas se unieron en un beso largo lleno de posesión, deseo y amor.

   —No dejes de quererme, Miley nunca —murmuraba besándola una y otra vez.

   Miley le tomó la cara entre las manos y él se miró en esos ojos azules llenos de lágrimas que le daban la vida.

   —No pienso permitir que el dinero nos separe —aseguró devolviendo el reloj al bolsillo de su chaleco—. Te querría igual aunque no tuvieras más fortuna que esta camisa. Entiende eso, Nick, solo te necesito a ti.

   —Olvídate del dinero. No voy a dejar que te alejes de mí ni media yarda.

   Fue Miley esta vez la que le dijo con un beso íntimo y posesivo que nada los iba a separar.

   —No es tanto como crees —insistió separando la cabeza para ver sus ojos.

   —Deja de pensar en ello.

   —Harriet consiguió que mis tíos le dieran una buena parte.

   Nick tensó la mandíbula. A Miley tan desinteresada, no le preocupaba en absoluto. Y aunque para él ese dinero no significaba nada, no pensaba permitir que ese par de serpientes se saliesen con la suya. Era cuestión de justicia y haría lo necesario para meterlos entre rejas.

   —Esa mujer apenas dejó fondos en el banco. Pero contamos con algunas propiedades y terrenos en Boston que se pueden vender. Aunque si tú no los quieres, yo tampoco los quiero.

   —Tú decides —sonrió, Miley podía ser muy persistente.

   —Con el dinero que obtengamos con la venta, podríamos darle un impulso al rancho y contratar más peones. De este modo, no tendríamos que matarnos a trabajar como hasta ahora.

   Lo primero que pensaba hacer es contratar a alguien que ayudara a Miley

   —Además…

   —¿Todavía hay más? —Su voz sonaba burlona.

   Algo le dijo que durante el resto de su vida iba a tener que oír más de un discurso de la señora Jonas.

   —Podremos hacer feliz a mucha gente.

   —Es tuyo, puedes hacer lo que quieras.

   Miley fingió no escucharlo. Tarde o temprano conseguiría vencer su testarudez.

   —¿No te sentirías orgulloso de poder pagar los estudios de Medicina de Joseph? ¡Es su sueño! —Nick sonrió, su generosidad no había mermado ni un ápice—. Y en marzo volveremos a celebrar San Patricio con una gran fiesta.

   —No la pagarás con tu dinero —advirtió.

   —Claro que no —le reprochó con los brazos en jarras—. Pienso asar una de tus terneras.

   —Nuestras terneras —corrigió.

   —Nuestro dinero —lo desafió alzando la barbilla.

   —Me rindo. —Nick suspiró alzando la vista al cielo—. No puedo contigo, cuando te propones algo…

   —Conozco a alguien aún peor —dijo mirándolo con ternura—. ¡Dios mío! Casi se me olvida. Nick, soy medio irlandesa.

   —Créeme, no me sorprende nada —añadió con una sonrisa malévola mientras acariciaba con el índice el shamrock de oro que pendía de su cuello—. ¿Y la otra mitad?

   —Mis abuelos paternos nacieron en Gales.

   —Mitad irlandesa, mitad galesa y con alma de lakota —rio sin dejar de mirarla—. Tuve que ir a elegir a la mujer más peligrosa y obstinada de este lado del océano.

   Miley no pudo esperar a que la viera el doctor Holbein, ya lo había dicho él: ¡al diablo con todo! Se moría por ver su cara de felicidad.

   —Llevo dentro más sangre irlandesa de la que imaginas —susurró mirándolo con ternura—. Nick, hay un pequeño irlandés naciendo dentro de mí.

   El color abandonó de golpe el rostro de Nick. Aturdido, le acarició el vientre con suavidad y la miró a los ojos. Ella asintió con la cabeza y sonrió. Por fin volvía a ver los deliciosos hoyuelos de sus mejillas.

   —Un hijo. ¿Cómo? —fue lo único que acertó a decir.

   —Nick Jonas, sabes muy bien cómo ha llegado este bebé hasta aquí —respondió pegándose a él.

   Él soltó una carcajada de felicidad. Esa era su mujer, no había duda. La tomó en brazos mirándola encantado.

   —¡Bruja lasciva! ¿Es ese comportamiento apropiado para una dama?

   —No soy una dama.

   —Sí lo eres, un poker de damas —dijo mientras se la comía a besos—. Eres una dama lanzando el cuchillo…, una dama arreando el ganado…, una dama cuando me vuelves loco en la cama…, cuando te enfadas… Una auténtica dama, y eres mía —la apretó con fuerza contra él—. No sabes como te quiero Miley hasta me da miedo.

   Ella sollozó emocionada. Por primera vez vibraban el miedo y el amor en boca de Nick.

   —Espero que estas lágrimas sean de felicidad —dijo junto a sus labios.

   —Nunca me han hecho falta palabras, ¡pero suena tan bien!

   —Lo oirás todos los días de tu vida, todos.

   —No sé qué me pasa —dijo enjugándose las mejillas y riendo a la vez—. Creo que es por el embarazo, últimamente estoy muy sensible.

   —Ya me explicarás esta noche cómo estás de sensible.

   Nick le mordió el cuello a la vez que la agarraba por el trasero con las dos manos.

  —¡Para! ¿Quieres arruinar mi reputación?

   —Tu reputación está a salvo conmigo, eres mi mujer.

   La estrechó con orgullo, era suya y la quería pegada a él.

   —Te quiero, irlandés cabezota. —Lo besó con ternura.

   —Y ahora dime cómo te has atrevido a cabalgar de ese modo estando embarazada —le reprochó preocupado—. No quiero que te arriesgues, ¿de acuerdo? Ya me encargaré yo de cuidarte.

   —¡Oh, Robert está perfectamente! —dijo palmeándose el ombligo.

   -¿Robert?

   A Nick empezaron a flaquearle las piernas al concebir a su hijo como una persona real.

   —Si prefieres otro nombre…, pero así se llamaba tu padre, ¿no? Robert Jonas yo creo que es perfecto. Algo me dice que esta vez es un hombrecito.

   —Sí, Robert es perfecto.

   La miró con tanto amor que ella no pudo evitar ponerse a llorar de nuevo. Él se apresuró a secarle las mejillas, sorprendido ante el remolino de sensaciones que llegaba a producir un embarazo.

   —Si es niña…

   —Arabella —afirmó Nick con decisión—. Llamaremos Arabella a la primera. A las demás, ya veremos —añadió él sin dejar de sonreír.

   Miley no cabía en sí de felicidad. La idea le encantaba.

   —Tal vez el Cielo nos bendiga con un montón de niñas que sean tu tormento y llenen el rancho de pretendientes —sugirió con malicia.

   —Los estaré esperando sentado en el porche, con el rifle cargado —aseguró con peligrosa tranquilidad.

   Miley empezó a reír al imaginarlo rodeado de jovencitas furiosas, sentado a la puerta de casa con actitud impasible y el rifle en el regazo.

   —No te ocultes —le apartó la mano con delicadeza—, no hay nada más bonito que verte reír.

   —¿Qué significa eso del poker de damas? —recordó.

   —Algún día te lo contaré. ¿Nos vamos a casa, señora Jonas?

   —Antes tengo que devolver el caballo a John y no podemos marcharnos de Denver sin despedirnos.

   —Bien, pero luego, al rancho.

   —¡Ah, no! Tienes que acompañarme al banco. Necesito dinero para hacer algo muy importante antes de volver a casa —dijo tirando de él con determinación.

   —Dime primero dónde vamos.

   La perspectiva de ir de compras por la ciudad con su mujer lo aterrorizó. Miley se colgó de su cuello con una sonrisa juguetona y le susurró la respuesta.

   —A comprar un espejo.


                            



                                  El Fin ~

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