sábado, 2 de febrero de 2013

Dama de treboles cap 80



Harriet aguantaba sin ganas los halagos de un admirador.
Por dentro, ardía de rabia por el ridículo que acababa de hacer.

Tenía que haberlo previsto después del fracaso que supuso el intento de seducción.

Jason Smith la observaba desde un lateral con el cigarro en la boca.
Se acercó, decidido a echarle una mano librándola de aquel pesado.

   —Señorita Keller — dijo tendiéndole la mano.

Aceptó la invitación y él la atrajo por la cintura.
Se dejó llevar encantada, también era una excelente pareja de baile.

   —Estás muy bella esta noche Harriet —susurró mirándola a los ojos— Siempre lo estás.

Harriet se sintió como una reina en sus brazos pero decidió mantener la cautela.
No se iba a dejar seducir tan fácilmente aunque ese hombre le atraía como un imán.

   —Apuesto a que le aburren a usted estos bailes de pueblo.

   —Son la excusa perfecta para abrazar a una mujer y por favor no me hables de usted.

Harriet se dejó envolver por el embrujo de su loción de afeitar mezclada con el olor a tabaco.  
Su pelo negro hasta los hombros conseguía hechizarla.

Junto a ellos paso la pareja formada por el sheriff y Miley
Ambos bailaban al tiempo que mantenían una conversación al parecer muy divertida.

A Jason Smith no le paso por alto la mirada furibunda de Harriet.

   —Es curioso, tan diferentes y tan parecidas.

   —Esa mujer y yo no nos parecemos en nada —aseguró desdeñosa.

   —Yo creo que sí. Rubias porte elegante…

   —¿Elegante ésa? —bufó.

   —De edad similar —continuó— Pero tú eres más lista, ¿verdad Harriet? ¿Sabes que ese parecido podría ser una ventaja? McNabb nunca reparó en ello, pobre diablo.

Se acercó a su oído y Harriet escuchó helada un plan a su juicio rocambolesco.
Aquel hombre lo tenía todo calculado.

La música cesó.
Ella se quedó mirándolo fijamente.

Así que conocía la historia por McNabb y ése era el asunto que lo había traído a Indian Creek.
Jason Smith se inclinó y rozándole el cuello con los dedos se acercó a su oído.

   —Piensa en ello —susurró.

Cuando Jason Smith salió por la puerta del salón Harriet aún permanecía parada en medio de la pista ajena a la música que ya comenzaba a sonar.

   —Señorita Harriet no puede negarme este baile.

Harriet hizo una mueca de asco.
Su rendido admirador no parecía dispuesto a dejarla en paz.

Apoyó la mano en su hombro manteniendo el codo bien rígido para guardar las distancias, y durante los minutos que duró el vals trató de fingir que lo estaba pasando bien.

Hizo lo posible por mostrarse sonriente, aunque cada vez que veía girar a la nueva señora Jonas cerca de ella le entraban náuseas.

Se obligo a escuchar a su pareja, porque no soportaba el crujir de la seda que se oía a su paso.
¡*beep* mujer!
Al lado de aquel satén azul, su elegante vestido de percal granate parecía de medio pelo.

Miley ajena a sus miradas bailaba en brazos de Ramón el más joven de los peones del rancho. Cuando paró la música, ambos se reunieron con Grace y Aaron, que esa noche no tocaba el violín.

Pero Miley se disculpó porque Minnie y Hanna le hicieron unas señas para que se acercase a la mesa del ponche.

   Harriet descansaba con su pareja a un lado de la pista, harta ya de baile.

   —Hace rato que se ha agotado la cerveza —comentó el hombre.

   —Sí, el reverendo Barttlet no permite más de un barril. Cuando se acaban los treinta y un galones no se sirve ni una gota más — aclaró Harriet — Y por supuesto, ni hablar de whisky o cualquier otra bebida fuerte.

   —No hay nada como venir preparado —adujo él sacando petaca del bolsillo de su chaleco.

Harriet contempló cómo daba un buen trago de whisky a escondidas.

Giró la cabeza hacia la mesa de las bebidas.
Allí estaba ésa con sus dos amiguitas.

Se le ocurrió que no estaría mal verla hacer el ridículo delante de todo el mundo en su noche de gloria.

Le arrebató la petaca a su acompañante y se apresuró a ocultarla en un bolsillo de su falda.

Sin escuchar las protestas del hombre, se dirigió muy tiesa hacia la mesa de las bebidas, bastante concurrida en ese momento.

Miley  Minnie y Hanna charlaban en una esquina de la mesa.
Ni se percataron de la llegada de Harriet que con mucha amabilidad se ofreció a ocupar el turno de encargada.

Su llegada fue muy bien recibida por la esposa del predicador, que se encontraba abrumada atendiendo a tanta gente.

Miley  dejó su taza a medio terminar sobre la mesa.
Harriet aprovechó el descuido para terminar de llenar la taza con whisky.

El detalle no paso desapercibido a Hanna, que era de naturaleza despierta.
Comprendió lo que intentaba hacer Harriet y, cuando un par de hombres la distrajeron solicitando más bebida, retiró hacia atrás la taza con alcohol y entregó a Miley otra que había cerca.

Antes de hacerlo, probó un sorbo para asegurarse de su contenido.

   —Minnie, vámonos de aquí. Esto está lleno de gente —sugirió Hanna.

 No entendía qué se proponía Harriet, pero no estaba dispuesta a correr el riesgo de convertirse en blanco de sus bromas pesadas.

   —Hanna, ¡va a empezar un baile de cuadrillas! —anunció Minnie—. Date prisa. ¿Vienes, Miley ?

   —Id vosotras, creo que ya he bailado bastante por esta noche.

Hanna pensó en contar a su madre lo sucedido, pero se le fue del pensamiento en cuanto David le tendió la mano para sacarla a bailar.

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