jueves, 11 de abril de 2013

Un rencuentro volatil cap 29


Demi vio a Robert alejarse en el Aston Martin y luego se volvió hacia su marido.

–Él te pegó primero, ¿verdad?

Joe hizo una mueca.

–No exactamente…

–¿Quieres decir que tú has empezado la pelea?

–Eres mi mujer y él se había pasado de la raya. Estaba en mi derecho…

–¿De qué derecho hablas? Robert sólo intentaba hablar conmigo. ¡Es mi socio!

–Estaba intentando alejarte de mí.

Demi entró en la casa, tan furiosa que podría haberse puesto a dar patadas.

–¡Eso no es asunto tuyo!

–Demi … sé que éste es un momento complicado para ti, pero sigues siendo mi mujer.

Ella no dijo nada.
No estaba dispuesta a discutir sobre Robert.

Una cosa era dejar que Joe se preguntase por la naturaleza de su relación con él, otra muy diferente echar gasolina al fuego.

–Tal vez lo que necesitas ahora mismo es alejarte de mí.– añadió él.

–Es muy posible – asintió Demi clavándole sus ojos verdes.

–Yo tengo que reunirme con un hombre con el que espero hacer negocios en Atenas. Pero eso significaría dejarte aquí, con Lili y su nueva niñera durante cuarenta y ocho horas.

–No te preocupes, puedo hacerlo – se oyó decir, sin admitir que aún no había reunido suficiente valor como para estar en la misma habitación con la niña.

–¿En serio? – exclamó él, sorprendido.

–¿Por qué no? No soy tan mala como para culpar a un bebé por lo que está pasando.

–Si eso es cierto, te comportas como un ser humano maravilloso, moli mou.

Demi se puso colorada.
Sabía que no merecía ese elogio porque se había prometido a sí misma ser más adulta ese mismo día.

–Lo digo en serio –Joe la miró con sus ojos dorados – Yo no podría soportar que hubieras tenido un hijo con Robert Miller. Sencillamente, no habría podido soportarlo.

Que fuese tan generoso como para admitirlo la obligó a admitir que su silencio sobre ese tema debía de haber provocado muchas dudas.

–Como yo no me he acostado con Robert, eso sería imposible.

Joe sonrió.

–Gracias por decírmelo. No tenías por qué hacerlo.

Demi se dio cuenta entonces de que no se habría peleado con Robert de haber sabido que entre ellos no había nada.

Cuando Joe se marchó una hora después, Demi estaba trabajando en un diseño para un cliente.
Pero en cuanto el helicóptero desapareció, cerró su ordenador y se levantó de lasilla.

Era hora de conocer a la hija de su marido.

La niñera, una mujer de unos treinta años y aspecto serio, estaba cambiando el pañal deLili en ese momento y, nerviosa, Demi se presentó.

–Es normal que llore – murmuró, al ver la erupción que la pobre niña tenía en la cara – Pobrecita…

–Los masajes con aceite ayudan – dijo la niñera – La ropa y las sábanas de algodón sin mezcla ayudan mucho también.

–Iré a comprarlas – le prometió Demi , contenta al poder hacer algo práctico.

–¿Le importaría quedarse con Lili mientras yo bajo a comer algo?

–Claro que no –espondió ella, un poco avergonzada al mirar el reloj.

Eran las cuatro dela tarde y la pobre mujer no había comido.
Pero claro, ¿quién estaba allí para encargarse de esas cosas?

Joe intentaba cuidar de su hija pero no tenía ni idea de lo que significaba cuidar de un niño pequeño.

Y si Lili necesitaba cuidados las veinticuatro horas del día, habría que contratar más gente.

La niñera puso a Lili en sus brazos antes de salir de la habitación.
Era una niña diminuta,no pesaba nada.

Pero cuando se puso a llorar de nuevo, Demi respiró profundamente recordándose que siempre le habían gustado los niños.

Sin saber qué hacer, empezó a mecerla en los brazos y Lili la miró con unos ojitos oscuros cargados de tristeza.
Finalmente, se sentó en la mecedora y tomó un sonajero que la niña miró con curiosidad.

El tiempo pasaba y Demi seguía sentada en la mecedora, asombrosamente tranquila y disfrutando del calor de la niña en los brazos hasta que, por fin, Lili cerró los ojitos y se quedó dormida.

La niñera reapareció entonces para meterla en la cuna y Demi se quedó mirándola.

Se le encogía el corazón al ver que era tan pequeñita y allí mismo se prometió que, pasara lo que pasara en su matrimonio, no culparía a la hija de Oleia por ello.

Si amaba a Joe ¿cómo no iba a aceptar a su hija?

Esa noche durmió sin pesadillas y al día siguiente fue a Londres para visitar a su cliente con los bocetos que había preparado.

Después, entró en unos grandes almacenes para comprar pijamitas y sábanas de algodón para Lili.

Antes de volver a Roxburn Manor pasó por su apartamento para guardar algo de ropa en una bolsa de viaje, pero cuando estaba llegando a la mansión se le ocurrió que tal vez debería haber ido al ginecólogo mientras estaba en Londres.

Era hora de comprobar si estaba embarazada, de modo que llamó por teléfono para pedir cita.


Aunque había recibido varios mensajes de sus padres diciendo que querían hablar con él, Joe no había respondido ni había ido a visitarlos mientras estaba en Grecia.

Sabía porqué querían hablar con él, pero ya no era un adolescente rebelde que necesitara una bronca paterna sobre Lili.

La única persona a la que tenía que darle explicaciones era Demi y no sabía si Demi estaría en Roxburn Manor cuando volviese a la mansión.

–¿Dónde está mi mujer? – le preguntó a la señora Jones.

–En la habitación de la niña, señor Volakis – respondió el ama de llaves.

Joe subió los escalones de dos en dos.
Que Demi estuviera con Lili era mucho más de lo que había esperado.


martes, 2 de abril de 2013

Un rencuentro volatil cap 28



Millones de personas aceptaban a los hijos de sus parejas y los criaban como si fueran suyos.
Pero tales relaciones podían ser más difíciles y dadas al fracaso… y entendía por qué.

Después de todo, ella había esperado ser la madre del primer hijo de Joe .

Además, siempre había estado celosa de Oleia Telis.
Oleia estaba muerta, pero Lili era la prueba de que había mantenido una relación con su marido.

«Olvídalo», le decía una vocecita.
¿No había roto ella su matrimonio?

Ella misma habíaabierto la puerta para Oleia y Lili.
Tenía que centrarse en la realidad y la realidad era que Lili existía.

¿Estaba dispuesta a ofrecerle su cariño a la niña?

Posiblemente por primera vez, reconoció que no podría tener a su marido sin aquella niña.
De ningún modo esperaba que la abandonase, y aquello no era una competición.

Además, jamás le pediría que se mostrase distante como Anatole se había mostrado con ella.

Su padre se había casado con una mujer muy posesiva, Ariadne, que se sentía amenazada por la existencia de una hija ilegítima… pero Demi no iba a ser como Ariadne porque la víctima de eso había sido ella misma.

Y, en ese momento, decidió ser más madura y justa en su relación con la hija de Joe .

–Estás muy callada – comentó Robert mientras volvían a Roxburn Manor.

–Tengo muchas cosas en qué pensar – dijo ella.

–No deberías enfadarte contigo misma por algo que no es culpa tuya. Necesitas empezarde nuevo.
Demi levantó una ceja.

–¿Empezar de nuevo?

–Deja a Joe – le aconsejó Robert – Ahora mismo. Tu matrimonio es un desastre y es imposible solucionarlo.

Incómoda con la conversación, Demi bajó del coche a toda prisa, pero Robert la siguió para tomarla del brazo.

–Espera…

–No quiero hablar de eso.

–Tú mereces algo mejor. Estabas a punto de firmar el divorcio cuando volviste con él.

Un ruido en la entrada hizo que Demi volviese la cabeza y se quedó asombrada al ver a Joe dirigiéndose hacia ellos.

Intentó soltar su mano, pero Robert no se lo permitió.

–No tienes que disculparte y no hay ninguna razón para esconder nuestra relación…

–¡Aparta tus manos de mi mujer! – exclamó Joe .

–Estáis prácticamente divorciados. Ya no es tu mujer.

–¡Yo no soy de nadie!– exclamó Demi  esperando poner una nota de sentido común en aquella ridícula escena– Soy dueña de mi propia persona.

–Márchate, Demi – le advirtió Joe con los dientes apretados.

–No voy a irme a ningún sitio – replicó ella– Nos vemos la semana que viene, Robert.

–Vuelve a Londres conmigo – la animó su socio – No puedes querer quedarte aquí…

Joe se interpuso entre los dos.

–Demi se queda conmigo.

Al ver a los dos hombres mirándose como enemigos, Demi sintió ganas de ponerse agritar.
Pero Joe era un hombre muy fuerte…

–Será mejor que te vayas a casa, Robert.

–¿Por qué? ¿Tampoco puedes recibir visitas? ¿Qué es, tu carcelero? – exclamó él,indignado.

–Puedes venir a visitarme cuando quieras – dijo ella, volviéndose para entrar en la casa frustrada con los dos.

Si ella era la fuente del problema, lo mejor sería quitarse de en medio para que las cosas se calmaran, razonó.

Pero cuando miró por la ventana del vestíbulo y vio que Robert lanzaba el puño hacia la cara de Joe se quedó helada porque había pensado que de los dos, sería su marido el primero en perder la paciencia.

Joe sin embargo, no perdió tiempo para devolver el golpe y cuando Robert cayó al suelo Demi corrió para intervenir.


–¡Parad ahora mismo! – gritó, furiosa –. ¡No merece la pena pelearse…!

–Merece la pena pelearse por ti – la interrumpió Joe .

–¡Si le vuelves a pegar, te dejo! – lo amenazó Demi exasperada.

Mientras tanto, Robert había vuelto a lanzar el puño y, sorprendido, Joe cayó alsuelo.

Había aprovechado que estaba distraído y Demi estuvo a punto de darle un puñetazo por jugar sucio… pero fue entonces cuando tuvo que reconocer que seguía amando a su marido.

–¡Márchate, Robert! – le gritó.

Pasándose una mano por los labios ensangrentados, su socio asintió con la cabeza.

–Veo que estoy perdiendo el tiempo.

–Sí, márchate antes de que te mate – lo amenazó Joe levantándose como un tigre.



jueves, 28 de marzo de 2013

Dama de treboles cap 95



Cuando oyó aquello, Emma se emocionó ante la perspectiva de un día entero sin sus hijos alrededor.
De pronto, se sintió culpable por cargar al joven matrimonio con toda su prole.

   —Quizá sean demasiado estorbo, me parece que vosotros solos lo pasaríais mejor — alegó con el ferviente deseo de que su cuñada mantuviera la oferta.

   —Tonterías. Lo pasaremos estupendamente y a vosotros os vendrá bien algo de intimidad —comentó mirándola de reojo a la vez que remataba un botón.

   —¿El próximo domingo? —Sonrió haciendo planes.

   —Sí, dentro de ocho días. ¿Hace mucho que no vas a la cascada de arriba? —preguntó Miley fingiendo desinterés.

    —Ni me acuerdo de la última vez que estuve allí. Me encantaba bañarme en el remanso, ¿sabes?

   —Lo imagino —contestó con el mismo tono despreocupado—. Se me ocurre que podíais aprovechar que estáis solos para acercaros a la cascada Matt y tú.

   —Sí que es buena idea, y podríamos comer allí. —Emma ya se veía en la cascada.

   —Hace calor, podríais bañaros —sugirió sin dejar de coser.

   —¿A nuestra edad?

   —Lo dices como si fueses una vieja. ¿Qué te pasa? Nadie va a subir a espiar. A lo mejor prefieres dejar la excursión para un día que estén los niños — replicó contrariada ante la indecisión de su cuñada.

La observó de reojo y supo que la imaginación de Emma giraba a la velocidad de un tornado planificando la jornada dominical.
Decidió que ése era el momento de entregarle el regalo.

   —No, con los niños otro día. Desde que nació Albert, no he pasado ni un día a solas con mi marido. Y ya va siendo hora — se dijo convencida.

    —Te he traído un regalo, espero que te guste — dijo Miley entregándole el paquete.

   —Pero, ¿por qué te has molestado? No necesito que me regales nada — comentó incómoda.

   —No me supone ninguna molestia y esto no es nada para todo lo que tengo que agradeceros —añadió con cariño —. Porque el regalo no es para ti, es para los dos.

   —Pues no pienso esperar a que llegue Matt — aseguró deshaciendo el envoltorio.

Cuando descubrió el contenido, se quedó sin palabras y abriendo mucho los ojos, extendió las dos prendas sobre la mesa.

   —¿Para los dos?

   Se giró escandalizada hacia Miley que le sostuvo la mirada impasible.

   —Si lo prefieres, para ti sola — respondió sin inmutarse.

   —Pero esto es... la ropa interior más... impúdica y desvergonzada que he visto en mi vida.

Miró a Miley con la mano en el pecho y de nuevo volvió los ojos a la ropa que se exhibía sobre la mesa.

   —La he cosido yo. La seda la saqué de un camisón del baúl, espero que no te importe.

Emma negó con la cabeza sin apartar los ojos de aquella ropa.
No recordaba haber visto en toda su vida una labor tan delicada y lujosa, con aquella seda casi transparente y encajes finos.
 
Al instante, recordó el camisón de boda de su madre y mentalmente le pidió perdón por el uso que habían dado a aquella prenda.

Tuvo que disimular una sonrisa convencida de que estaba perdonada porque Agnes Jonas, si las estaba viendo desde allá arriba, debía de estar pasándolo en grande.

   —¿De dónde has sacado una idea tan... descocada? — preguntó sin salir de su asombro.

   —La señora Owen me dio la idea, incluso me dibujó un patrón. Por lo visto, en Europa ya hace tiempo que se usa. Ella conoció estos modelos cuando estuvo en el Este.

   —¿Rose? No la Rose Owenque yo conozco desde hace años, es demasiado recatada.

   —No veo la falta de recato por ninguna parte — aseguró con convicción — ¿o es que piensas enseñarla? Lo que va debajo de las enaguas no incumbe a nadie. Además, resulta muy cómoda ahora que hace calor.

   —Entonces, ¿tú también...?

   —Claro, yo también me hice un juego como éste. No pasa nada, no lo ve nadie. — Su cuñada enarcó las cejas —. Bueno, casi nadie.

   —No quiero ni pensar la cara que va a poner Matt cuando vea esto. Aunque, pensándolo bien —sus ojos se tornaron dos rendijas— no se la pienso enseñar. Será una sorpresa para el domingo y me la verá puesta.

   —Por fin lo has entendido —respiró Miley con alivio—. Me tengo que ir.

Emma tomó al bebé en brazos y la acompañó al patio para despedirla.
Con el pie en el estribo, Miley le recordó que avisase a los chicos de la excursión y acordaron que la familia Sutton llegaría temprano al rancho de los Jonas para salir desde allí.

De este modo, ellos estarían a un paso de la cascada.

   —Albert tendrá que quedarse a cargo de todo, no contéis con él. Y Joseph supongo que no querrá ir, ya es casi un hombre y no creo que le apetezca.

   —Como ellos prefieran. Emma, te dejo que tengo trabajo en casa —se despidió ya a lomos del caballo.

   —Miley  estoy pensando en lo transparente que puede resultar la seda mojada —comentó recuperando la osadía de siempre.

   —Te aseguro que disfrutarías más del baño sin nada de ropa.

   —¿Sin nada? ¿Y tú cómo lo sabes?

Emma no salía de su estupor.

   —¡Ay, Emma! —alegó azorada—. Utiliza tu imaginación.

   —Me pregunto qué ha sido de aquella rubia mojigata que apareció por aquí hace dos meses —enunció su cuñada divertida.

   —Se perdió por el camino —respondió con una amplia sonrisa—. Y, si la ves, dile que no vuelva porque desde que se fué soy inmensamente feliz.

Azuzó al caballo para girar grupa y clavando talones salió al galope rumbo a su casa ante la atónita mirada de Emma, que con su hijito en brazos todavía dudaba si estaba soñando o despierta.


Dama de treboles cap 94



  —¿No había en Denver un hotel peor? —preguntó Harriet a través del espejo.

Jason era capaz de hipnotizarla con los ojos.
Y con la boca, reconoció evitando un suspiro.
Por no hablar de sus manos.

Él sí era un hombre de verdad, desvergonzado y lascivo.
En un par de noches, le había quitado la venda de los ojos enseñándole la osadía de sumergirse en placeres prohibidos.

    —Aquí no hacen preguntas. No podemos arriesgarnos a llamar la atención — aclaró desde la cama.

Harriet acabó de peinarse dando un vistazo a su alrededor.
Cortinas baratas, empapelado de pésimo gusto y un mobiliario ramplón.

No la convencía su argumento, podían haberse alojado en cualquier sitio mejor que aquel hotelucho de la calle Market, el barrio con peor fama de Denver.

    —¿No piensas llevarme a conocer la ciudad? —Se giró con los brazos en jarras.

    —No, de momento. No conviene que nos vean.

    —Si lo llego a saber, no me escapo contigo.

Jason Smith la agarró por la muñeca y de un tirón la sentó a su lado.
El corazón de Harriet se aceleró, la mirada de Jason lucía un brillo peligroso que la hacía temblar.

    —Escucha, pequeña, aquí las cosas se harán como yo decida. —Harriet intentó zafarse— Cuando llegue el momento, saldrás de aquí y lo primero que haremos será ir a presentarte a «tu familia». Yo me retiraré de escena y todo quedará en tus manos. Trata de ser convincente, porque tendrás que engatusarlos lo antes posible. Sé muy bien que hay un dinero esperando, así que tendrás que arreglártelas para hacerte con él.

    —¿Y cuándo será eso?

    —Cuando yo lo diga.

La tomó por la nuca y la besó con vehemencia.
Harriet gimió al sentir el excitante dolor que le producía al clavarle los dientes.

    —¿Y mientras? —gimió.

    —Ya pensaremos en algo — jadeó mordiéndole un pecho y luego el otro por encima de la ropa
— Hemos repasado el plan. ¿Lo tienes todo claro?

    —Seré tan dulce y amable que los Watts se desharán en llanto al recobrar a su sobrina perdida.
Cuando me haga con la fortuna de la huerfanita, aprovecharé cualquier ocasión para largarme. Tú me esperarás aquí y, en cuanto llegue, pondremos tierra de por medio.

    —Hermosa y condenadamente lista —aseguró cruzando los brazos bajo la cabeza—. No me equivoqué contigo, princesa. Estás hecha a mi medida.

Harriet echó la cabeza hacia atrás y se pasó la mano por el cuello hacia el escote.
En la habitación hacía un calor infernal.

Él la observó relamiéndose los labios, la lenguaraz mujercita de la sombrilla lo había sorprendido con aquella faceta desconocida.
Ni ella misma era consciente del poder de seducción que encerraban sus gestos indolentes.

    —Apaga la chimenea, por favor. ¡Estamos en agosto!

Aquello le recordó a Jason Smith que aún tenían un pequeño inconveniente que solucionar.
Se levantó de un salto y, ante la extrañeza de Harriet, cerró la puerta con llave.

Fue hasta la chimenea y mantuvo en el fuego el atizador.
Al escupir sobre él, se escuchó un desagradable siseo y Harriet empezó a temblar.

    —¿Qué piensas hacer? —balbució tragando saliva.

    —Ahora es cuando tienes que demostrarme tu valentía. —Ella se levantó e intentó girar el pomo de la puerta aterrorizada—. Vamos, sabes muy bien que sin quemadura no tenemos ninguna oportunidad.

Ella empezó a chillar con la cara desencajada.
Smith se felicitó por haber elegido aquel tugurio, porque nadie pareció reparar en el escándalo.

Pero no tenía ganas de aguantar un numerito de histeria femenina.
La cogió por los hombros y, antes de que Harriet pudiese reaccionar, le dio un puñetazo en plena cara.

La dejó tan aturdida que tuvo que cogerla en brazos.
La depositó de lado en un sillón, con la cabeza colgando de un reposabrazos.
Mejor, así no vería nada.

Harriet, casi desvanecida, no opuso resistencia cuando le abrió la mano izquierda.
Agarró el atizador candente y cumplió con su desagradable obligación.

Un alarido desgarrador resonó en la habitación instantes antes de que Harriet perdiese la consciencia.

Emma dejó a Tommy sobre una manta en el suelo de la cocina y le acercó algunas cucharas.
Por fin disfrutaba de un rato de tranquilidad para coser botones.

Ya era sábado por la tarde y no deseaba dejar la tarea pendiente para la siguiente semana.
Fue a por el costurero después de ver al pequeño muy entretenido examinando sus nuevos juguetes.

En menos de un segundo, volvió a la cocina, consciente del peligro que suponía Tommy sin vigilancia.

Antes de sentarse, aguzó el oído.
Apartó la cortina de la ventana y vio aproximarse un caballo, y sobre él las faldas al viento de una mujer.

Por la trenza rubia y su soltura como jinete, supo que se trataba de su cuñada.
Sonrió contemplando cómo disminuía el ritmo al aproximarse a la casa.

Daba gusto verla, y recordó los tiempos en que ella, con veinte años menos, galopaba con la misma audacia.
Salió a la puerta a recibirla.
Miley ató al caballo en un abrevadero y sacó un paquete de la alforja.

   —No te esperaba —comentó tomándola del brazo—. Pero me encanta que hayas venido, hay veces que echo de menos hablar con algún adulto que no se llame Sutton.

Miley rio y se acercó al pequeñín que, ante la novedad, alzó los bracitos reclamando su atención.
Emma evitó que lo cogiese y ella se limitó a acariciarle la cabeza con palabras cariñosas.

Tommy empezó a lloriquear contrariado y su madre le dio un par de jarras de metal que al instante empezó a golpear con una cuchara, encantado con el sonido que obtenía.

   —Si lo coges ahora, no querrá volver a la manta — le explicó Emma — Y bien, ¿cómo es que has venido?

   —¿Quieres que te ayude? —se ofreció Miley al ver el costurero y el montón de ropa.

   —Claro — exclamó agradecida.

    —He venido a contarte una cosa — anunció solemne mientras enhebraba una aguja —. ¡Nick me ha regalado un carro!

   —¡No sabes cuánto me alegro! — dijo entusiasmada — Eso es que van bien las cosas.

   —Cada día mejor — aseguró con orgullo.

   La felicidad de Miley trajo a la mente de Emma lo sucedido esa misma mañana.

   —Hoy he vuelto a la tienda  — comentó con cautela — El caso es que todo el mundo hablaba de ello, y Amanda ha terminado por derrumbarse.

   —No sé a qué te refieres —rehuyó incómoda el asunto.

   —Hace casi una semana que no se veía a Harriet. Al principio, su madre fue contando que estaba de viaje en casa de unos familiares. Pero no ha podido aguantar las murmuraciones y ha acabado confesando que ha escapado de casa. Al parecer, el mismo día que dejó el hotel un tal Smith con fama de vividor.

   —Si ése es su deseo, que les vaya muy bien.

   —La verdad es que he sentido una pena inmensa por Amanda, estaba destrozada — aseguró apretando los labios—. A fin de cuentas, es una madre que sufre. Ha puesto en venta el almacén, piensa mudarse a San Luis con su hermana.

   —Emma, lo siento por la madre — mantuvo muy seria — pero espero no volver a ver a Harriet Keller en mi vida.

   —No hablemos más de ello — resolvió —. ¿Cuándo piensas estrenar el carro? Porque hoy has venido a caballo.

   —Así pierdo menos tiempo. —De nuevo afloró la sonrisa a su rostro—. El carro es muy lento para mí. Pero de eso venía a hablarte. Nick ha decidido estrenar el carro con una excursión a Kiowa Crossing. El próximo domingo inauguran la nueva estación y hemos pensado llevar a los chicos con nosotros.

   —¿A los míos? —preguntó ilusionada.

   —¿A cuáles si no? —replicó Miley ante la evidencia del ofrecimiento—. Me gustaría llevármelos a todos, incluso a Tommy.

 

Corazon Indomable cap 4



En ese momento, entró Hettie, sacó unos guisantes y los puso en una fuente.

—Miley  cariño, ayúdame con esto. ¿Te quedas a cenar? —le preguntó a Nick.

—Miley ha dicho que podía quedarme.

—Muy bien, pues vete a dar una vuelta hasta que esté la cena lista.

—De acuerdo. Iré a ver a mi toro.

Sin decir nada más, salió de la cocina.
No sin antes mirar a Miley con complicidad.
Sin embargo, aquel beso no cambió en nada su relación.

Nick se pasó toda la cena hablando de cría genética con su padre y, aunque fue correcto y educado con ella, era como si no estuviera.
Después de cenar, solo se quedó un rato.

Se despidió alabando la cena de Hettie y sonrió a Miley pero no como antes de la cena.
Era como si hubiera borrado de su memoria el episodio de la cocina y quisiera que ella hiciera lo mismo.

Qué chasco.
Todo volvía a ser como antes, pero él la había besado y Miley quería que volviera a hacerlo.

A juzgar por su comportamiento durante la cena, tenía más posibilidades de convertirse en actriz de Hollywood.

Se pasó las siguientes semanas recordando los besos de Nick.
Cuando no estaba soñando despierta, estaba haciendo bizcochos.

Como gastaba todos los paquetes de harina que se le ponían por delante, no paraba de ir a la tienda.
Aquella tarde no fue una excepción.


Se maquilló un poco y se puso la chaqueta de cuero antes de montarse en su deportivo blanco.
Una nunca sabía cuándo podía encontrarse con Nick en el supermercado.

Era muy dado a ir a comprar bizcochos congelados.
Cuando estaba en la cola de la caja con la harina y los huevos y la leche que Hettie le había en cargado, lo vio.

Estaba de espaldas, pero era inconfundible porque era más alto que todos los demás.
Estaba sonriendo.

Miley se dio cuenta de que no estaba solo.
Miró hacia abajo y vio a una chica castaña.
Aquel pelo le resultaba familiar.

¡Era Marilee Morgan!

Qué bien.
Seguro que su amiga le estaba hablando de ella.
Pensó en ir a saludar, pero ¿y si interrumpía en un momento crucial?

En dos semanas, el sábado antes del día de Acción de Gracias, era el baile de ganaderos de Jacobsville.

Seguro que Marilee le estaba diciendo que a Miley le encantaría que la invitara.
Era una suerte tener una amiga como Marilee.


Si Miley hubiera sabido lo que Marilee le estaba diciendo a Nick en realidad, habría cambiado su opinión sobre su amistad y sobre muchas cosas más.

—Te agradezco mucho que me hayas traído a hacer la compra — le dijo al salir de la tienda — Tengo la muñeca fatal desde la caída.

—No es nada —murmuró Nick sonriendo.

—El baile de ganaderos es dentro de dos semanas — comentó ella coqueta — Me encantaría ir, pero nadie me lo ha pedido y no voy a poder conducir para entonces porque me he hecho un buen esguince. Ya sabes que tardan tanto en curarse como las fracturas. ¿Sabes que Miley le ha dicho a todo el mundo que va a ir contigo? Sí, todos lo saben. Ha dicho que estás todo el día en su casa y que no vas a tardar mucho en comprarle un anillo.

¡Pero si solo la había besado!
¡No había comentado nada de casarse, por Dios!

Nick odiaba los cotilleos, sobre todo, cuando eran de él.
Miley ya se podía ir olvidando de que la invitara al baile.
No le gustaban las mujeres que mentían.

—Puedes ir conmigo — le dijo enfadado — A pesar de lo que te haya dicho Miley no soy propiedad de nadie y soy libre para ir al baile con quien quiera.

—¡Gracias, Nick! —dijo ella radiante.

Nick se encogió de hombros.
Marilee era guapa y le gustaba su compañía.

No era una mujer a la que le gustara estar siempre compitiendo con los hombres.
No como Miley que, de repente, se había puesto a hacerse el vaquero en el rancho.

Como le había comentado a Marilee, no le gustaban las mujeres así.
Lo último ya era que se le hubiera ocurrido ir diciendo por ahí que la había invitado al baile.

—Gracias por decírmelo. Lo mejor para acabar con esto será decirlo en público — le dijo a Marilee.

—Pues claro. No le guardes rencor a Miley por esto. Es muy joven. Comparada conmigo, digo. Si no hubiéramos sido vecinas, seguramente jamás habríamos sido amigas: Es tan... bueno, tan niñata a veces, ¿verdad?

Nick arrugó el ceño.
Había olvidado que Marilee era mayor que Miley .

Recordó los apasionados besos que se habían dado y se preguntó cómo podía decir lo que había dicho por un par de besos.

Entonces, se acordó de algo.

—Me habías dicho que Miley había tenido más novios que nadie.

Marilee carraspeó.

—Bueno, novios... lo que se dice novios. Amigos... — dijo cubriéndose las espaldas.

Era difícil presentarla como una niñata y una devora hombres a la vez.

—No es lo mismo —apuntó Nick más tranquilo.

Marilee le dijo que tenía razón.
Se arrepentía por ser tan mala con su mejor amiga, pero Nick era muy atractivo y a ella le gustaba tanto como a Miley .

En la guerra y en el amor, todo estaba permitido, ¿no?
Además, no había muchas posibilidades de que Nick invitara a Miley a salir...

Pero, por si acaso, ya se encargaría ella de que no fuera así.
Sonrió al montar en el coche de Nick, soñando con el primero de muchos bailes juntos.

¡Y si algún día quería casarse con ella!


Corazon Indomable cap 3


Miley se duchó mientras pensaba en el consejo de su amiga Marilee.

« Nick me ha dicho que no le gustas porque no tienes ni idea de las cosas del rancho, que vas siempre demasiado bien vestida, demasiado chic y sofisticada. Además, no sabes cocinar».

Estaba claro: si quería que Nick se fijara en ella tenía que aprender a llevar el rancho y a cocinar.

Marilee y ella eran amigas y vecinas de toda la vida, así que confiaba en sus consejos.
Su mejor amiga lo hacía todo por su bien.

¡Estaba dispuesta a no volver a la universidad aquel año con tal de demostrarle a Nick Jonas que era capaz de convertirse en el tipo de mujer que a él le gustaba.!
¡Se lo había tomado muy en serio y lo iba a conseguir!


No le iba muy bien montando a caballo, pero, al fin y al cabo, su padre eran ranchero así que seguro que mejoraba con la práctica.

Él se acercó a ella y, de repente, le puso las manos en los hombros.
Miley las sintió, grandes y fuertes.
No podía respirar ni dejar de mirarse en sus ojos negros.
La estaba mirando como si no la hubiera visto nunca.

—Venga, ¿qué te pasa? Si te puedo ayudar...

Miley  no sabía qué decir.

—Me he hecho daño al caerme del ternero — mintió.

—¿Ah, sí?

Nick apenas la oía porque estaba absorto en aquella maravillosa boca de labios rosados y dientes blancos.
Se preguntó si la habrían besado alguna vez.

Aunque no la había visto nunca salir con un chico, Marilee le había dicho que salía con muchos, que era mucho más experimentada de lo que parecía.

Miley se estaba derritiendo.
Las rodillas le temblaban.
Nick la sentía estremecerse.

¿Por qué se comportaba así si era tan experimentada como Marilee decía?
Una mujer con experiencia ya le habría puesto los brazos alrededor del cuello y se estaría frotando contra su cuerpo...

—Ven aquí — le dijo abrazándola.

Al hacerlo, sintió sus pechos a la altura del diafragma porque era mucho más alto que ella.
Miley puso las manos sobre su, camisa, pero con vergüenza.

Nick suspiró.
La imaginación se le había disparado, pero no podía ser, Miley solo tenía veintiún años y era la hija de un amigo.

Entonces, ¿por qué no podía parar de mirarle la boca y por qué se había excitado al sentir sus pechos?

—Pon las manos en mi pecho —l e dijo.

Miley obedeció lentamente.
Tenía las manos frías y temblorosas.
Se quedó muy quieta, sin respirar, rezando para que aquel momento no se rompiera, para que Nick no recobrara la cordura que había perdido por unos segundos.

—¿No sabes hacerlo?

—¿Hacer... qué? — dijo ella mojándose los labios con la lengua.

Nick le acarició la mejilla y le pasó el pulgar por el labio inferior en un rapto de deseo.

—Esto —murmuró bajando la cabeza.

Miley sintió sus labios sobre la boca, acariciándola y besándola suavemente.
Aquello no saciaba su apetito ni de lejos.

Le clavó las uñas y Nick se tensó.
Miley sentía sus músculos bajo la camisa y el latir acelerado de su corazón.

—Tranquila — le dijo Nick.

Miley sintió sus manos deslizarse desde su cintura a sus caderas mientras no paraba de besarla.

¿Se habría dado cuenta de que le costaba respirar, de que se moría de deseo?
Estaba experimentando sensaciones que nunca había imaginado.

Miley abría cada vez más la boca.
Nick la apretó contra su cuerpo.
Al sentir que su anatomía había cambiado, Miley se echó atrás.

—Muchos novios, ¿eh? — dijo Nick como para sí mismo.

—¿Novios? — repitió ella en un hilo de voz.

Nick la agarró de la cintura y con la otra mano le acarició la cara.

—Déjalo — susurró besándola de nuevo.

Miley le clavó las uñas y gimió.
Nick la apretó contra sí y la miró con los ojos encendidos.
Le quitó la goma del pelo y se lo esparció.

—Puede que sí tengas la edad... — dijo antes de besarla con pasión.

Miley se regodeó en su deseo.
Arqueó el cuerpo contra él y lo agarró de la nuca para que nunca dejara de besarla.
Aquello era su sueño hecho realidad.
Era genial.

Desechó cualquier rastro de prudencia y abrió la boca para invitarlo a entrar.
Sintió su lengua explorando la oscuridad y tembló mientras la devoraba.

Al oír una puerta que se cerraba, salieron de la niebla en la que estaban.
Nick la miró como si no la conociera.
Tenía los ojos como esmeraldas mojadas.

La había levantado del suelo y su cuerpo se moría por ella.
Sabía que Miley se había dado cuenta de que estaba excitado.
Solo lo sabían ellos y así debía ser.

¡Debía parar aquello en ese mismo instante!

La soltó despacio y tomó aire.
Se echó en cara haber perdido el control con una mujer a la que no debería de haber tocado jamás.
No entendía qué le había pasado.

Normalmente solía mantener la cabeza fría con las mujeres.
Y más con Miley
Le desconcertaba su mirada.

Iba a tener que darle muchas explicaciones y no sabía por dónde empezar.
Miley era mucho más joven que él, pero su cuerpo no parecía darse cuenta.

—Esto no tendría que haber ocurrido — dijo apretando los dientes.

—Es como un helado... apetece — contestó ella, que no quería oír un no por respuesta.

—Eres demasiado joven para tener apetencias — le contestó Nick — Y yo, lo suficientemente mayor como para no hacer estas estupideces. ¿Me oyes? Esto no tendría que haber ocurrido. Lo siento.

Horrorizada, Miley se dio cuenta de que se estaba arrepintiendo.
Se apartó sonrojada, con los ojos llenos de sueños que él no debía ver.

—Yo... también lo siento —dijo.

—Maldita sea — dijo Nick metiéndose las manos en los bolsillos — Ha sido culpa mía. He empezado yo.

—No pasa nada —contestó Miley encogiéndose de hombros—. Así practico.

Nick enarcó las cejas sorprendido.
¿Había oído bien?

—No soy la reina del baile de graduación. Por aquí no hay muchos hombres y los que hay son solterones que mascan tabaco y no se bañan.

—Menudos prejuicios — bromeó él.

—¿Acaso tú sales con mujeres que huelen a caballo?

—No sé. La última vez que te vi, si no recuerdo mal, olías a barro y a mi...

—¡No sigas! — lo interrumpió sonrojándose.

Nick la miró intensamente.

—Es una pena que no te llames Jeanie —murmuró—. Stephen Foster tiene una canción muy bonita sobre el pelo de una mujer que se llama Jeanie.

Miley sonrió.
Le gustaba su pelo.
Era algo.
Nick pensó que se ponía muy guapa cuando sonreía.

—¿Estoy invitado a cenar, entonces? — Preguntó perdido en su mirada —.Si me dices que sí, tal vez te dé unas cuantas clases más. Solo nivel principiante, claro — añadió sonriendo.

Miley se dijo que era imposible que Nick hubiera dicho aquello, pero lo importante era que seguía sonriendo.
Ella también sonreía.

Se sentía guapa.
Sin maquillaje, descalza, sin peinar... y Nick la había besado.
No se lo podía creer.

Entonces, recordó el amor que los Jonas tenían por los bizcochos.
Harían lo que fuera por ellos.
¿También por panecillos?

—Estoy pensando que un hombre que es capaz de secuestrar a un cocinero para que le haga bizcochos, es capaz de hacer cualquier locura por unos panecillos — le dijo.

Nick suspiró.

—Hettie hace unos panecillos de muerte.

—¡Vaya! —bromeó Miley riendo—. Está bien, te puedes quedar a cenar.

—Eres un encanto.

Encanto.
Bueno, al menos, le caía bien.
Ya era algo.
No se le ocurrió que un hombre que realmente se interesara por ella no le diría que era un encanto.



Un Matrimonio Feliz? cap3


—¡Miley ! —la voz de Andrew la sacó de su ensoñación—. ¿Todavía estás ahí?

—Sí, Andrew —respondió pensativamente, todavía contemplando la esmeralda que lucía en el dedo—. Todavía estoy aquí.

—Así que, ¿vienes esta noche o no?

Miley vaciló, pero de pronto no le fue difícil tomar una decisión.
Echó un vistazo a su reloj de oro.
Eran las seis.

En ese momento, Nick estaría volando sobre el Atlántico, de vuelta de una semana de negocios en Nueva York.
Su avión llegaría a las nueve, luego tomaría un taxi desde el aeropuerto; por tanto no llegaría a casa hasta pasadas las diez de la noche.

Se había ofrecido para ir a buscarlo al aeropuerto, pero él no consintió porque le disgustaba que hiciera de chófer.
Y era el tipo de hombre con el que no se podía discutir una vez que había tomado una decisión.

—Sí, Andrew. Esta noche me tomaré una copa contigo —dijo con decisión.

Le costaba imaginarse a Nick suspirando por ella, solo en la habitación del hotel, todas las noches de la semana anterior.

Lo más probable es que hubiera salido a cenar con las amistades y relaciones de negocios que tenía en los Estados Unidos.

¿Cuál era la diferencia, entonces?

—¿Y qué me dices de Superman? —preguntó Andrew con un tono infantil, como un eco perturbador de sus propios pensamientos.

Nick y él nunca habían hecho buenas migas, y ninguno se molestaba en ocultarlo.
Miley , en medio de ambos, mantenía un discreto silencio

— ¿No pondrá objeciones a que su querida esposa confraternice con otros hombres después del trabajo? Normalmente rompes el récord de velocidad para volver a casa junto a él —agregó sibilino.

—No te voy a reñir por el uso de ese ridículo sobrenombre que le has puesto a mi marido, Andrew, porque creo que realmente es muy apropiado. Tienes toda la razón, él es un Superman — dijo suspirando.

Casi podía oír su ego protestar indignado en el teléfono.

—Y yo no lo soy, supongo.

—De otro tipo —comentó bromeando con suficiencia, con la secreta convicción de que esa noche se encontraría en el sitio que más le apetecía estar, en los brazos de Nick .

Con dificultad se concentró otra vez en la conversación.

—¿Dónde y a qué hora nos reuniremos?

—En el Henry's, a las siete.

—Andrew, ¿realmente tiene que ser allí? Hay que ir muy bien arreglado al Henry's.

Alarmada, se miró el traje de lino gris con la camisa de seda de un tono albaricoque debajo de la chaqueta.
Muy elegante, pero se notaba claramente que era para la oficina.

—Ellos lo eligieron, cariño. Sabes que el sitio es impresionante.

—Pretencioso, querrás decir —suspiró Miley —. Tendré que ir a casa y ponerme algo adecuado para la ocasión.

Guardaba ropa extra en la oficina para casos de emergencia; pero era muy informal: un pantalón y un jersey de algodón y ropa interior. No se prestaban para una copa en el Henry's.

—¿Para qué tienes que molestarte en ir a casa? Estás a dos minutos de una de las tiendas más elegantes de la ciudad. ¿Por qué no te permites ese gusto?

Se refería a un famoso diseñador italiano que vestía a la mayoría de las estrellas de Hollywood.

—Porque yo…

Miley se detuvo, consciente de que estaba a punto de decir una tontería.
Que no podía permitírselo.

¡Desde luego que podía hacerlo!
No ganaba un sueldo fabuloso, pero sí considerablemente bueno.

Y aunque había rechazado firmemente una generosa pensión que Nick le había ofrecido, justamente para pagarse esos caprichos, todavía podía permitirse el lujo de comprar en las tiendas exclusivas que abundaban en la zona donde trabajaba.

El problema es que nunca antes habría soñado en gastarse varios meses de sueldo en un solo vestido.

Le encantaba la ropa buena, claro que sí, además de necesitarla por la categoría del trabajo que desempeñaba y su estilo de vida sofisticado; pero existía un límite, y los antiguos hábitos tardaban en desaparecer.

Había sido una tarea dura aprender a gastar y olvidarse de la escasez de dinero que había sufrido en su niñez, siempre observando a sus irreflexivos padres, a menudo en el límite de la pobreza, malgastándolo las pocas veces que entraba en casa.

Nunca podría olvidar su ropa y zapatos donados por una institución de caridad, mientras ellos vivían celebrando ruidosas fiestas.

—Miley —una vez más Andrew cortaba sus pensamientos—. Por amor de Dios, vete a comprar un vestido a cuenta de la empresa.

—No.

—De acuerdo, entonces te lo ordeno en mi calidad de jefe —replicó riendo—. Tómalo como parte de tu bonificación por conseguir estos nuevos clientes.

—¿Y si no logramos el contrato? —preguntó, siempre práctica.

—Sí, sí lo conseguiremos —exclamó Andrew con seguridad—. Contigo allí no me cabe la menor duda.