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viernes, 5 de julio de 2013
Un Matrimonio Feliz? cap8
—Porque… — sacudió la cabeza mientras apoyaba una mano en el otro hombro, atrayéndola hacia sí — Porque tú despiertas algo en mí. ¿Es que no lo sabes? Haces que responda de una determinada manera, o más bien, nunca puedo predecir o controlar cómo voy a responderte. Me dejas perplejo. Me excitas, me vuelves loco. Cuando oí el mensaje de Andrew en el contestador…
Ella decidió que había llegado el momento de acabar con todo ese disparate de una vez por todas.
—Pero desde que lo conozco siempre me ha llamado «encanto».
—Pues a mí no me gusta. En rigor, estoy hablando como un marido celoso, posesivo y machista.
—¿Y lo eres? —preguntó en tono jocoso.
El sonrió.
—A veces, sí. Contigo, sí — ella observó una breve pero marcada tensión en su boca —. No me gustan las familiaridades que Andrew se toma contigo. ¿De acuerdo?
—A mí tampoco me gustan mucho, pero las soporto sin más —admitió con sencillez.
—¡Entonces no las soportes! ¡Dile que no te gusta que te trate así! —su rostro se ensombreció—. Intenta imponerte así como lo haces conmigo con tanto éxito.
Miley se sintió abrumada.
Parecía que ambos giraban en círculos.
—De acuerdo, se lo diré — dijo retirando con suavidad un mechón de la frente de Nick —. Pero debes saber que Andrew no significa nada para mí, Nick .
—¿No? — retiró las manos de los hombros de ella, y enarcando las cejas, lanzó uña mirada al vestido convertido en un montón de seda negra sobre la alfombra —. Él sólo te compra vestidos provocativos y te habla como si fueras su novia en lugar de su colega.
—¿No estarás celoso de Andrew? — preguntó incrédula.
—¿Por qué no? Cuando llegaste esta noche con el pelo revuelto y las mejillas rojas…
—Es una noche fría — puntualizó.
—Con ese vestido provocativo que él te había comprado.
—Te recuerdo que lo elegí yo.
—¿Para lucirlo ante él? ¿En una velada que pasarías con él? ¿Cómo definirías eso, Miley ? ¿Atracción subliminal?
—¡No seas ridículo!
El carácter frío e imperturbable de Nick a veces la enojaba; y ahora que mostraba un temperamento apasionado, se dio cuenta de que no le gustaba en absoluto.
—Te estoy contando cómo me sentí, porque querías saberlo, ¿no?
—Continúa —dijo ella con voz débil, pensando que tal vez había sido muy positivo el hecho de no haber profundizado tanto en sus mutuos sentimientos.
Sentía como si hubieran abierto la caja de Pandora y se arrepintieran de las consecuencias.
—Sí, fue irracional — prosiguió — Pero te dije que hay algo en ti que me hace actuar irreflexivamente. Empecé a imaginar a Andrew haciéndote el amor.
—Eso es absolutamente ridículo —dijo ella con mofa.
—¿Sí? ¿Quieres decirme que a él no le gustaría?
—A mí no me gustaría, Nick . Ésa es la diferencia.
—Y me sorprendí deseando quitarte la ropa de un tirón — continuó como si ella no hubiera hablado.
—Y lo hiciste.
—Y poseerte en el acto.
—Y lo hiciste.
—Y ya me he disculpado, no por el acto mismo, sino por el sentimiento que me impulsó a hacerlo. ¿Y no crees que ya es hora de que te dejes de hipocresías y admitas que fue excitante para ti? ¿O lo niegas, Miley?
Ella movió la cabeza de un lado a otro.
—No, no lo niego. Es que… — su voz se apagó.
—¿Qué? —la urgió.
—Es que no hubo ternura, eso es todo —suspiró mirándolo al fondo de los ojos, que se habían tornado grises.
—A veces el sexo no implica ternura —respondió con suavidad—. Y a veces ni siquiera lo impulsa el amor. Si lo deseas, también puedo mostrarte lo tierno que puedo ser.
Y comenzó a masajearle la espalda con suave ritmo.
Ella deseó entregarse relajadamente a esa sensación ondulante de placer, dejarse ir donde él quisiera llevarla.
Pero dos capitulaciones en una misma noche habrían sido un duro golpe para su orgullo.
—Mañana tengo que trabajar —dijo con terquedad.
—Yo también.
—Y necesito una ducha — le recordó.
—Yo también — murmuró sonriendo al tiempo que la atraía hacia sí. A
briéndole el albornoz, cubrió sus pechos con ambas manos.
—Nick — objetó temblando al ver que él se inclinaba para besarlos.
—¿Qué sucede, amor mío? — murmuró suavemente, su tibio aliento sobre la piel femenina.
Ella ya no podía recordar.
—Oh, Nick …
Nick y Miley pasaron la mayor parte de la noche haciendo el amor.
Como si él hubiera querido resarcirse de la semana de ausencia, como si tratara de quedar grabado en la mente de su mujer, como si quisiera probarle que él era el único hombre en su vida.
Al amanecer, rendidos, cayeron en un profundo sueño.
La alarma del reloj sonó una y otra vez, pero ellos no la oyeron.
Más tarde, ella despertó bruscamente.
Abandonó el lecho, dejando a Nick dormido, y fue a ducharse a toda prisa.
Luego, tomando lo primero que encontró en el armario, se volvió a mirarlo.
El edredón había caído al suelo.
Su desnudo y bronceado cuerpo se dibujaba, magnífico, contra la blancura de las desordenadas sábanas.
«Como un dios griego», pensó con cierto resentimiento, dirigiéndose a la sala de estar, donde comenzó a vestirse.
lunes, 13 de mayo de 2013
Un Matrimonio Feliz? cap7

Pero al ver que su boca comenzaba a temblar, se precipitó hacia ella abrazándola con tanta fuerza y calidez, que la hizo vibrar de emoción.
—Cariño, cariño — rogó — No te enfades, por favor. No debí haberlo hecho. Tienes razón. Soy un bruto. Un bruto irreflexivo, egoísta y arrogante. Pero te amo.
—No tú no eres así, y yo también te amo. Sólo que no comprendo por qué tú, por qué tú….
Se sentó junto a ella y suavemente la atrajo hacia sí.
—No me entiendo a mí mismo — le dijo con suavidad—. Tú sacas a la luz algo escondido en mi interior, y a veces no estoy seguro de sentirme orgulloso de eso — suspiró mientras ella lo miraba confundida—. Toda la maldita semana te he echado terriblemente de menos. No quería estar lejos de ti. Había imaginado cada detalle de mi vuelta a casa, cómo sería nuestro encuentro.
—Pero llegaste pronto — protestó —. Y no me lo dijiste con anticipación.
—Quería darte una sorpresa.
—Pero yo llamé a tu compañía aérea y me confirmaron tu reserva para el último vuelo.
—No utilicé mi pasaje.
—Y entonces, ¿cómo…?
—Compré un avión — dijo alzándose de hombros, como si se diera cuenta de lo increíble que sonaban sus palabras.
Miley lo miró incrédula.
—¿Has hecho eso?
—Es un pequeño jet Lear —agregó, aunque bien podría haberlo dicho en chino, por lo poco que entendió ella— Tan capaz de cruzar el Atlántico como de llevarme a Manchester.
Los ojos de Miley seguían abiertos de par en par.
—Nick , ¿por qué?
—¿Y por qué no?
—Porque la gente no anda por ahí comprando aviones.
—Algunos lo hacen. Yo lo hago. Nosotros lo hacemos — se corrigió —. Podemos permitírnoslo. Mira, sucede que no te veo mucho. Mi fábrica está en Manchester. Tu trabajo está en Londres. Tú no deseas mudarte…
—¿Por qué debería mudarme? —objetó frunciendo ligeramente el ceño—. Sabes que este trabajo es muy importante para mí.
—Sí, Miley , lo sé. Lo has dejado suficientemente claro.
—Pero desde luego que tú, como hombre, esperas que yo como mujer simplemente lo deje todo y me traslade a Manchester.
—No queda exactamente en el fin del mundo, como sabes. Y en el norte también tenemos agencias publicitarias.
Ella negó con la cabeza.
—Pero ninguna con la variedad de trabajo y responsabilidad que tengo en la Holloway. Andrew insinuó que cabía la posibilidad de que el próximo año me hiciera cargo de la dirección adjunta de la empresa. He trabajado mucho para ascender en mi puesto, Nick — volvió los ojos hacia él como apelando a su comprensión—. Por favor, no me pidas que tire todo por la borda —terminó con calma, sin saber lo que diría si él continuaba insistiendo.
—Y no lo hago.
—Porque ésta es la mujer de la cual te enamoraste — declaró con énfasis apoyando el índice sobre el esternón. Sus ojos oscuros lo miraban con intensidad, como desafiándolo a negarse — ¡Yo! Una mujer profesional. No una mujer que se rinde sólo por amor.
—¿Sólo por amor? —la miró interrogante.
—Quiero ese ascenso — declaró tercamente.
Pero su tenacidad nacía del miedo.
Miedo a que si cambiaba demasiado, a que si le permitía introducirse en su vida con tanta facilidad, dejaría de amarla.
—Y conseguirás tu ascenso si Andrew lo desea, porque yo no intentaré detenerte. La sola condición que pongo es que deje de llamarte «encanto» — dijo dirigiéndole esa vaga sonrisa que la cautivaba—. Amor mío, no nos enfademos. Ésa es la razón principal que me llevó a comprar el avión. Para facilitarnos la vida. Así no tendré que soportar esperas y vuelos programados. Podré ir y venir a mi gusto.
—¿Siempre con la esperanza de encontrarme esperándote en casa, como una buena mujercita? —interrogó, sabiendo que lo estaba estropeando todo, pero sin poder evitarlo.
—Eso no es lo que he dicho —replicó con ecuanimidad.
—Pero en el fondo es verdad. Si no es así, ¿qué fue lo que te incitó a montar la horrible escena de esta noche? ¿El hecho de que, según tu opinión, llegaba tarde, aunque lo hiciera incluso antes de lo convenido?
—Como ya te dije, había planeado mi vuelta a casa hasta el último detalle.
—¿Incluso el vino?
—Incluso el vino. Luces atenuadas. Tenía que haber una música suave…
—Pero efectiva —interrumpió secamente—. Con toda la escenografía preparada para…
—Seducirte —terminó, con un destello impío en los ojos.
—Pero no hubo seducción, ¿no es así Nick ? —preguntó con tranquilidad. Con los sentidos ya calmados, le molestaba pensar en su propio comportamiento—. Más bien un tipo de acto sexual bastante primitivo…
Los ojos del hombre se entornaron.
—Por favor no me digas que no disfrutaste —puntualizó con una brutal suavidad—. Cuando te vi temblando y sentí que alcanzabas el orgasmo bajo mi cuerpo…
—Sí, disfruté. Y también alcancé el orgasmo. Siempre lo hago. Supongo que ése es tu único modo de medir una relación gratificante.
Tras mirarlo fijamente, intentó apartarse, pero él se lo impidió poniendo una mano suavemente en su hombro.
—No, no lo es. Y créeme —suspiró—, ciertamente no era mi intención comportarme como lo hice.
—¿Y entonces por qué lo hiciste? —preguntó con un hilo de voz.
—Porque…
Un Matrimonio Feliz? cap6
Él la depositó en la cama inclinándose hacia ella.
—Llamémoslo seducción, entonces — dijo con una mirada súbitamente tierna —. Lo siento, corazón.
Le costó no ablandarse de inmediato bajo aquella suave mirada.
Apartándose hacia el otro extremo de la cama, arrojó los zapatos lejos de sí, sin importarle donde caían.
Muy a su pesar se volvió hacia él con mirada hosca.
—No me basta que digas que lo sientes después de lo que ha ocurrido. Te has comportado de un modo indignante.
Él intentaba parecer arrepentido, con una expresión casi infantil reflejada en el rostro.
Miley apenas pudo reprimir el deseo de rodearle el cuello con los brazos.
Pero algo la impulsó a continuar, indignada.
—¿Y eso es todo lo que puedes decir?
Él comenzó a desabotonarse la camisa de seda.
—¿Qué más quieres que te diga? Ya he dicho que lo siento — dijo alzando los hombros.
—Y todo se arregla con eso. Una palabra tuya y se supone que debo olvidar lo ocurrido, ¿no es así?
—Eso depende de ti —respondió con calma—. Si quieres convertirlo en un conflicto, es cosa tuya.
La camisa se abrió revelando su pecho ligeramente bronceado. Por primera vez desde que se conocían, Miley se mostró impasible ante la vista del torso desnudo.
—¿Yo? ¿Que yo lo estoy convirtiendo en un conflicto? —balbuceó indignada.
Se quitó los pantalones. Ella intentó sin éxito bajar la cremallera del vestido.
—Déjame a mí —dijo con suavidad.
Y lo hizo con un movimiento que denotaba tanta práctica que ella se sintió explotar de rabia, aunque no era la primera vez que la ayudaba.
—Debería suponer que eres el hombre más hábil del mundo en bajar cremalleras y abrir sujetadores al mismo tiempo.
—Cariño.
—¡No me llames «cariño»!
La cara del hombre repentinamente se puso seria.
—La única práctica que he tenido en los últimos tres años ha sido desvestirte a ti, amor mío.
Miley enarcó las cejas con suspicacia.
—Pero sí sólo hace ocho meses que me conoces.
—Sí. Y llevo seis meses casado contigo.
—Pero — tartamudeó.
Ese era un tema que nunca habían abordado abiertamente.
Había dado por sentado que antes de conocerla se había acostado con muchas otras mujeres.
—¿Sí?
—Pero eso significa que tú… que tú no… —titubeó buscando una forma delicada de decirlo, pero no encontraba las palabras —. ¿Durante dos años? — terminó casi chillando.
—Me imagino lo que intentas decir — comenzó con voz risueña.
—No te atrevas a utilizar ese tono condescendiente conmigo.
Él negó con la cabeza.
—Ni en sueños me arriesgaría a hacerlo. Sólo intentaba poner en palabras lo que no te atrevías a expresar. En suma, que fui célibe durante dos años antes de conocerte.
Ella le lanzó una mirada feroz al tiempo que arrojaba el vestido contra la pared y rápidamente se ponía un albornoz.
—¡No te creo!
El se encogió de hombros, esbozando una especie de sonrisa carente de humor mientras se quitaba los calzoncillos de seda y los calcetines.
Luego orgullosa y desvergonzadamente desnudo se volvió hacia ella.
—Desde luego que ese privilegio te corresponde, Miley .
Lo dijo con el propósito de cerrar un capítulo que no hubiera deseado abordar, pero Alessandra no se rendía tan fácilmente.
—Debes admitir que es un poco inverosímil.
—Aunque tú pasaste los primeros veinticuatro años de tu vida sin relaciones íntimas, crees que un hombre no puede hacerlo, ¿no es eso?
Miley comenzó a cepillarse el pelo enérgicamente.
—Bueno, algunos hombres tal vez —dijo deliberadamente.
—¿Y yo no? —inquirió él.
Ella asintió con la cabeza, sin deseos de abandonar el tema, todavía enfadada por la facilidad con la que se había entregado a él tras haberla acusado virtualmente de infidelidad.
Pero también notó que Nick , a pesar de ser tan reservado, estaba hablando mucho más abiertamente de lo que era habitual en él, y quería que continuase.
—No, tú no —accedió con un ligero tono de reto.
—¿No te importaría ampliar tu respuesta? —sugirió con suavidad.
—Creo que tú eres un hombre de ciertos… apetitos —comenzó a decir con delicadeza.
Él echó la cabeza hacia atrás con una carcajada.
—Algunos apetitos —repitió—. ¡Cielo santo, Miley , qué palabra tan gloriosamente arcaica! Podrías haber dicho «deseos carnales» que es mucho más expresivo.
—Bien, ¿quieres que te lo diga con más crudeza? —replicó cortante.
—Sí, por supuesto que sí.
—Te gusta el sexo, ¿no es así, Nick ? —dijo con brusca franqueza—. ¡Mucho sexo!
—No sólo me gusta, sino que me encanta —contestó suavemente—. Y también a ti, corazón. Es posible que hayas empezado tarde, Miley , pero te has empeñado en aprovechar el tiempo perdido. Nunca he conocido a una mujer que se excite con más rapidez que tú.
—Y yo nunca había conocido a un hombre que le rompiera la ropa a su mujer, la arrojara al suelo y… y la hiciera…
—¿Temblar extasiada en sus brazos? —terminó por ella en tono sarcástico.
sábado, 13 de abril de 2013
Un Matrimonio Feliz? cap5
Y sin embargo tenía dolorosa conciencia del color de sus ojos, de las oscuras cejas que hacían juego con el cabello ondulado.
No lo había visto durante una larga semana y tuvo qué hacer un gran esfuerzo para no quedarse mirando la magnífica apostura de su cuerpo e imaginarlo desnudo, odiándose por desearlo tanto, aunque en ese momento se comportara de manera tan inexplicablemente hostil.
—Con toda seguridad te sientes cansado por el desfase del vuelo — empezó a decir en un tono incipientemente conciliatorio, pero él la interrumpió con una pregunta aparentemente casual.
—¿Vestido nuevo?
¿Por qué sintió que se ruborizaba?
—Sí — alzó la barbilla, desafiante — Sabes perfectamente bien que así es.
Era obvio que los ojos experimentados del hombre habían valorado la calidad y el corte soberbio de la prenda, y ese examen exhaustivo hizo que su piel hormigueara, con una oleada de deseo ardiendo en sus venas.
—No acostumbras a exhibirte tan generosamente — observó con aparente desenvoltura.
¡Ya era suficiente!
Miley decidió decirle la verdad.
De ese modo no tendría nada de qué culparse.
¿Por qué diablos había permitido que Andrew la metiera en ese lío?
Lo que entonces había parecido perfectamente razonable, ahora se estaba convirtiendo en algo totalmente distinto.
—Tienes razón — contestó fríamente — No suelo exhibirme con tanta generosidad.
—Pero sí en esta ocasión, ¿no es así? — persistía con un tono imparcialmente analítico que ella sólo le había oído utilizar en su trabajo — Estoy intrigado por conocer la causa.
—Realmente yo no lo compré — comenzó a decir.
—Entonces, ¿quién lo hizo? — la interrumpió.
—La empresa.
—La empresa — repitió con suavidad, su grave voz llena de sarcasmo y una expresión insondable en sus ojos — ¿Es cierto?
—Sí, es cierto —respondió enfadada.
Él alzó las oscuras y bien delineadas cejas.
—¡Qué extraordinario! Debo decir que nunca se me ha ocurrido comprarle un vestido a ninguna mujer del personal de mi empresa! — enfatizó deliberadamente
—Especialmente un vestido excesivamente caro, diseñado para exhibir el cuerpo más que para cubrirlo. Vestidos hechos con la única intención de excitar a los hombres. Pero presumiblemente eso era lo que Andrew se proponía —continuo y la miró directamente a los ojos, con una fría y arrogante expresión en su atractivo rostro.
—Andrew no tuvo nada que ver en ello — replicó furiosa.
—¿No? — obviamente no le creía una sola palabra —. Se limitó a pagar la cuenta, ¿no es así?
—Como sigas hablándome en ese tono, no pienso continuar discutiendo contigo — replicó intentando retirarse, pero él la detuvo sujetando su brazo desnudo con una mano, gesto que le hizo sentir más deseo de su contacto físico, a pesar de su ira.
Volvió el rostro para mirarlo, los ojos muy abiertos, en un ruego silencioso.
—Nick … —susurró.
Pero no hubo ni un atisbo de emoción en la cara del hombre.
—Y entonces fue tu jefe quién te ayudó a elegirlo, ¿no es así, encanto? — dijo imitando la voz de Andrew con un tono amenazante, completamente novedoso para ella.
—¿De… de… qué estás hablando? — tartamudeó enfrentándose a los ojos fulgurantes de ira.
—¿Por qué no escuchas el contestador automático? — sugirió suavemente al tiempo que le soltaba el brazo.
Miley se aproximó al teléfono como un robot, con sus altos y finos tacones, consciente de la fría mirada que no la abandonaba.
Presionó un botón y la voz de Andrew se apoderó de la estancia.
—Miley ¿estás ahí? Son la diez y te llamo porque quería asegurarme de que habías vuelto a casa sana y salva. Encanto, llámame en cuanto llegues, si es que puedes oír este mensaje.
¡Maldito Andrew y sus estúpidos apelativos!
Miley se volvió hacia él, otra vez sintiendo un súbito temor.
Esa no era la manera en que ella deseaba recibir a Nick ; en absoluto.
—Puedo explicarlo —comenzó.
Negando con la cabeza se acercó sigilosamente.
El corazón de Miley comenzó a latir violentamente.
—¿Así que Andrew te ayudó a elegirlo? — insistió, deteniéndose a unos pocos centímetros de ella— ¿Y le gustó que te quedara tan ajustado? ¿Para realzar nítidamente bajo la seda negra tus pechos excitados, como si no llevaras nada encima? — inquirió brutalmente.
Por la expresión de su mirada supo que no podría confesarle que solo él tenía ese poder sobre su cuerpo.
—Nick …
—Y dime — continuó impertérrito.
Por su cruel expresión, Miley se dio cuenta de que sabía perfectamente bien el efecto excitante de sus palabras sobre ella. Sus ojos brillaban peligrosamente
—¿Llevas braguitas? ¿Se supone que debes llevarlas? ¿Qué dijo Andrew al respecto?
Miley sintió que la garra del deseo atenazaba su cuerpo de tal modo, que súbitamente se extinguió el orgullo que la caracterizaba.
De manera que en vez de precipitarse fuera de la habitación, lejos de sus viles acusaciones, se quedó clavada donde estaba, la piel ardiendo, despreciándose a sí misma, y sin embargo, ansiando aquello que podría ser la única conclusión posible a aquel duro enfrentamiento.
—¿Puedo? — preguntó el hombre en tono familiar, al tiempo que sus largos dedos le subían el vestido hasta dejar al descubierto las pequeñas bragas negras.
— Pero sí que llevas unas braguitas preciosas, y están húmedas — agregó con voz neutral, tocando la entrepierna de ella, que jadeaba por la impresión y el placer — Pero no las llevarás mucho tiempo más, ¿no es así, cariño? —continuó sin piedad.
Acto seguido, con ambas manos dio un fuerte tirón a la delicada prenda que se rasgó, resbalando lentamente hasta el suelo.
Miley se aferró a él, cuando tomándola en sus brazos, la tumbó sobre la alfombra y, por fin, comenzó a besarla.
Quería sentir rabia; pero la pasión y el amor que le inspiraba estaban tan reprimidos dentro de ella, que decidió perdonarle el absurdo despliegue de celos, liberando sus sentimientos a través de la violencia de su beso.
—Nick — se quejaba contra la boca del hombre —. Nick …
Pero él la besaba en silencio, recorriendo con los dedos la humedad de su deseo hasta que ella al borde del clímax, comenzó a bajarle la cremallera del pantalón con una prisa brutal que rivalizaba con la de él.
Con un quejido, le retiró la mano y terminó de liberarse de la ropa, penetrándola de una manera tan salvaje que ella se sintió desfallecer de placer.
En un rincón de su mente una voz le decía que se contuviera, que le demostrara que todavía podía controlarse, pero al instante sintió la ola del orgasmo que la invadía por completo, junto a la suave risa de triunfo que él dejó escapar antes de alcanzar su propio clímax.
Ambos yacían en la alfombra, intentando respirar.
Y ella sintió que la vergüenza la helaba como si le hubiesen lanzado un cubo de agua fría.
Porque, con el cuerpo ya satisfecho, la dignidad y el orgullo retornaron a su espíritu.
¡Y de qué manera!
—¡Bruto, aléjate de mí! —exclamó intentando apartarlo.
Pero él no se dio por aludido.
Con un ágil salto, se puso de pie, se cerró la cremallera del pantalón y la alzó en brazos mirándola fijamente.
Ella no quería mirarlo de frente, aunque notaba que gran parte de la hostilidad anterior había desaparecido. Sin embargo, todavía le era imposible saber qué estaba pensando.
Incluso la primera vez que le dijo que la amaba, su expresión no delató ningún sentimiento.
Incluso entonces.
Era un hombre siempre contenido, como si ocultara algo, y eso la frustraba, fascinándola a la vez.
Era una de las características de su personalidad que la había atraído en primera instancia, y paradójicamente, que siempre la mantenía en tensión frente a él.
Mientras Nick se dirigía a la habitación, ella rabiosamente lo golpeaba en el pecho.
—¡Bájame! — ordenó.
—No.
—¡Voy a gritar hasta que acuda la policía!
—¡Grita, entonces! ¿Y qué vas a gritar? ¿Que te han violado, cariño? —dijo con calma.
Ella percibió un ligero temblor de malestar consigo mismo que distorsionaba su voz, e intentando ser escrupulosamente justa, negó con la cabeza, sus cabellos rozando la cara del hombre.
—No haría eso, Nick , porque sería una mentira. Tú no me has violado — dijo con suavidad.
Un Matrimonio Feliz? cap4
Bostezando, Miley entró en el ascensor que la llevaría hasta su piso en el ático.
Le dolía la mandíbula de tanto sonreír, y los pies la estaban matando.
Había estado de pie en la barra del Henry's, la barra era el lugar adecuado para exhibirse, bebiendo obedientemente unas copas de champán con los dos eventuales clientes que, entusiasmados, habían escuchado atentamente sus ideas.
Miley decidió, que si lograban el contrato, no volvería a llevar otra vez un vestido con el escote tan amplio.
La verdad era que lo había adquirido porque estaba segura de que a Nick le encantaría.
Era de un corte maravilloso y él adoraba verla de negro.
Pero en el probador de la tienda se había dejado influir por la opinión de la vendedora.
Tenía conciencia de haber adquirido un vestido espectacular, pero también más escotado de lo habitual.
Atraía la atención hacia la exuberancia de sus pechos, y el severo color realzaba el tono cremoso de su delicada piel. Hecho que no le había pasado inadvertido al cliente más joven.
Miley , a su pesar, había aceptado la invitación a cenar de Andrew después de las copas, y los cuatro se habían trasladado al Savoy a tomar un exquisito caviar, seguido de una langosta Thermidor, todo acompañado de más champán.
En un momento se sintió saciada, cansada y hastiada, así que a las nueve y media se excusó anunciado que su marido llegaría muy pronto de los Estados Unidos, y que deseaba estar en casa para recibirlo.
Había sentido cómo se le aceleraba el pulso al pensar que muy pronto volvería a ver a Nick.
—Desde luego que sí — dijo Billy, el mayor de los clientes, sonriendo alegremente — Ha sido un gran placer conocerla, señora…
—Señorita — corrigió Miley al instante — Todavía soy Miley Walker. Decidí mantener mi nombre de soltera después de casarme.
—¿De veras? —preguntó el mirón con los ojos aún clavados en su escote, como lo había hecho durante toda la velada.
—Sí — dijo ella, poniéndose de pie rápidamente, pensando que si no se alejaba de esa mirada repulsiva podría decir o hacer algo grosero que estropearía los negocios — Mi nombre es conocido en el mundo de la publicidad, así que sería una lástima perderlo.
—Ahora lo hace mucha gente — dijo Billy sonriendo — Mientras a su marido no le importe.
Bueno, la verdad era que ella no lo habría asegurado totalmente.
Nick no había puesto objeciones cuando le dijo que no llevaría su apellido.
Se había limitado a dirigirle esa mirada tan suya, fríamente burlona, y a asentir sin hacer comentarios.
Andrew le acomodó el abrigo sobre los hombros tras un ligero pellizco, que Miley interpretó como una manera de decirle que la velada había sido todo un éxito.
—¿A qué clase de negocios se dedica su marido en Estados Unidos? — preguntó Billy mientras le estrechaba la mano.
—No son negocios realmente, más bien es un tipo de actividad complementaria. Tiene una fábrica aquí, al norte de Inglaterra y otras en Europa occidental, pero le interesa el sector inmobiliario sólo por entretenimiento.
—¿Para entretenerse? —protestó Andrew—. No me atrevería a calificar de pasatiempo el hecho de poseer numerosos pisos y hoteles en la parte este de Manhattan, o si no, que Dios nos proteja cuando decida tomárselo en serio.
—¿De veras? ¿Es posible que conozca a su marido, señora? —preguntó Billy, muy ansioso.
Miley se encogió de hombros.
—No lo sé. Es muy conocido en Inglaterra…
—Su nombre es Nick Calder — intervino Andrew secamente.
«Más valdría haber dicho que era el presidente de los Estados Unidos», pensó Miley sofocando una risilla mientras introducía la llave en la cerradura.
Porque los dos ejecutivos no pudieron haberse quedado más impresionados.
No tenía idea de que su marido fuera tan conocido en Nueva York por su talento empresarial.
Pero, ¿cómo podría haberlo sabido?
Él nunca la había llevado a Nueva York, y ciertamente no era un hombre vanidoso.
«Un hombre como Nick no tiene necesidad de jactarse», pensó con un suspiro de añoranza.
Cerró la puerta y bostezó, dejando caer el abrigo descuidadamente en el respaldo de un sofá.
Se quitaría el vestido y se daría un baño largo y perfumado, mientras esperaba a su maravilloso marido.
Le llevó un momento darse cuenta de que la luz de la habitación estaba encendida.
Cierto era que por la mañana había tenido que salir a toda prisa, tal vez olvidando apagarla.
La verdad era que se había quedado dormida tras una noche de sueños perturbadores relacionados con Nick .
Durante un segundo se quedó helada al sentir un ruido proveniente de la habitación; pero el miedo la abandonó al instante, al reconocer los conocidos pasos.
Se echó atrás el cabello, alborotado por el viento, y vio aparecer la silueta de su marido en el vano de la puerta, contra la suave luz de la lámpara situada a su espalda.
En la semioscuridad, su cuerpo parecía todo músculo y vigor.
Él acercó una mano al interruptor de la luz y la habitación quedó inundada por un cegador resplandor.
La sonrisa de bienvenida de Miley se heló en sus labios.
Miró el rostro duro y nada cordial de Nick y, de pronto, inexplicablemente, sintió miedo.
Nick escrutó a Miley durante unos instantes.
Ella sintió que la piel se le erizaba al enfrentarse a su severa y fría mirada.
Una mirada que nunca antes había visto.
En vez de caer extasiados uno en brazos del otro, como normalmente habrían hecho, permanecieron contemplándose en silencio a través de la amplia sala de estar.
—Hola, Miley — dijo al fin, sin moverse de su sitio.
El orgullo la mantuvo donde estaba.
—Hola, Nick — notó que su saludo era más frío de lo que se había propuesto — No te esperaba tan pronto.
—Ya lo veo — comentó con una sonrisa desdeñosa mientras recorría con la mirada el escotado vestido negro que se ajustaba a la estrecha cintura y muslos, dejando al descubierto gran parte de las largas y esbeltas piernas.
Ella captó una chispa de rabia en sus ojos junto a una clara expresión de desprecio.
Con una especie de bufido burlón, se acercó al mueble bar.
Tomó una botella que se enfriaba en un balde de hielo, que obviamente había abierto con anterioridad, y sirvió dos vasos de vino.
¿Cuánto rato hacía que la esperaba?
Una leve desesperación comenzó a apoderarse de ella al no ver ningún signo de relajación en la cara del hombre que se acercaba en silencio, tendiéndole una copa de Chablis.
Era su vino favorito; pero de pronto el pensamiento de beber hizo que el estómago se le revolviera.
Al ver que él continuaba mirándola con frialdad, la rabia comenzó a latir en el fondo de su garganta.
¿Con qué derecho permanecía frente a ella ofreciéndole una copa, con aquella mirada condenatoria que endurecía su rostro arrogante?
Exactamente como si fuera una delincuente.
—No quiero beber — espetó.
—No — replicó tajante esbozando una sonrisa burlona mientras dejaba los vasos en una mesa — debí imaginarme que ya no querrías más. Desde aquí puedo olerlo en tu aliento.
Ella había bebido muy poco, pero en ese momento la hacía sentirse como una borracha empedernida.
No tenía la menor intención de justificar su conducta frente a él.
No podía tratarla como si la estuviera sometiendo a un juicio.
Lo miró fijamente a la cara, sus ojos oscuros chispeando de ira; con una rabia que nunca había experimentado en su vida.
jueves, 28 de marzo de 2013
Un Matrimonio Feliz? cap3
—¡Miley ! —la voz de Andrew la sacó de su ensoñación—. ¿Todavía estás ahí?
—Sí, Andrew —respondió pensativamente, todavía contemplando la esmeralda que lucía en el dedo—. Todavía estoy aquí.
—Así que, ¿vienes esta noche o no?
Miley vaciló, pero de pronto no le fue difícil tomar una decisión.
Echó un vistazo a su reloj de oro.
Eran las seis.
En ese momento, Nick estaría volando sobre el Atlántico, de vuelta de una semana de negocios en Nueva York.
Su avión llegaría a las nueve, luego tomaría un taxi desde el aeropuerto; por tanto no llegaría a casa hasta pasadas las diez de la noche.
Se había ofrecido para ir a buscarlo al aeropuerto, pero él no consintió porque le disgustaba que hiciera de chófer.
Y era el tipo de hombre con el que no se podía discutir una vez que había tomado una decisión.
—Sí, Andrew. Esta noche me tomaré una copa contigo —dijo con decisión.
Le costaba imaginarse a Nick suspirando por ella, solo en la habitación del hotel, todas las noches de la semana anterior.
Lo más probable es que hubiera salido a cenar con las amistades y relaciones de negocios que tenía en los Estados Unidos.
¿Cuál era la diferencia, entonces?
—¿Y qué me dices de Superman? —preguntó Andrew con un tono infantil, como un eco perturbador de sus propios pensamientos.
Nick y él nunca habían hecho buenas migas, y ninguno se molestaba en ocultarlo.
Miley , en medio de ambos, mantenía un discreto silencio
— ¿No pondrá objeciones a que su querida esposa confraternice con otros hombres después del trabajo? Normalmente rompes el récord de velocidad para volver a casa junto a él —agregó sibilino.
—No te voy a reñir por el uso de ese ridículo sobrenombre que le has puesto a mi marido, Andrew, porque creo que realmente es muy apropiado. Tienes toda la razón, él es un Superman — dijo suspirando.
Casi podía oír su ego protestar indignado en el teléfono.
—Y yo no lo soy, supongo.
—De otro tipo —comentó bromeando con suficiencia, con la secreta convicción de que esa noche se encontraría en el sitio que más le apetecía estar, en los brazos de Nick .
Con dificultad se concentró otra vez en la conversación.
—¿Dónde y a qué hora nos reuniremos?
—En el Henry's, a las siete.
—Andrew, ¿realmente tiene que ser allí? Hay que ir muy bien arreglado al Henry's.
Alarmada, se miró el traje de lino gris con la camisa de seda de un tono albaricoque debajo de la chaqueta.
Muy elegante, pero se notaba claramente que era para la oficina.
—Ellos lo eligieron, cariño. Sabes que el sitio es impresionante.
—Pretencioso, querrás decir —suspiró Miley —. Tendré que ir a casa y ponerme algo adecuado para la ocasión.
Guardaba ropa extra en la oficina para casos de emergencia; pero era muy informal: un pantalón y un jersey de algodón y ropa interior. No se prestaban para una copa en el Henry's.
—¿Para qué tienes que molestarte en ir a casa? Estás a dos minutos de una de las tiendas más elegantes de la ciudad. ¿Por qué no te permites ese gusto?
Se refería a un famoso diseñador italiano que vestía a la mayoría de las estrellas de Hollywood.
—Porque yo…
Miley se detuvo, consciente de que estaba a punto de decir una tontería.
Que no podía permitírselo.
¡Desde luego que podía hacerlo!
No ganaba un sueldo fabuloso, pero sí considerablemente bueno.
Y aunque había rechazado firmemente una generosa pensión que Nick le había ofrecido, justamente para pagarse esos caprichos, todavía podía permitirse el lujo de comprar en las tiendas exclusivas que abundaban en la zona donde trabajaba.
El problema es que nunca antes habría soñado en gastarse varios meses de sueldo en un solo vestido.
Le encantaba la ropa buena, claro que sí, además de necesitarla por la categoría del trabajo que desempeñaba y su estilo de vida sofisticado; pero existía un límite, y los antiguos hábitos tardaban en desaparecer.
Había sido una tarea dura aprender a gastar y olvidarse de la escasez de dinero que había sufrido en su niñez, siempre observando a sus irreflexivos padres, a menudo en el límite de la pobreza, malgastándolo las pocas veces que entraba en casa.
Nunca podría olvidar su ropa y zapatos donados por una institución de caridad, mientras ellos vivían celebrando ruidosas fiestas.
—Miley —una vez más Andrew cortaba sus pensamientos—. Por amor de Dios, vete a comprar un vestido a cuenta de la empresa.
—No.
—De acuerdo, entonces te lo ordeno en mi calidad de jefe —replicó riendo—. Tómalo como parte de tu bonificación por conseguir estos nuevos clientes.
—¿Y si no logramos el contrato? —preguntó, siempre práctica.
—Sí, sí lo conseguiremos —exclamó Andrew con seguridad—. Contigo allí no me cabe la menor duda.
Un Matrimonio Feliz? cap2
Haciendo un esfuerzo, apartó a Nick de sus pensamientos para volver a su jefe, que aguardaba pacientemente al otro extremo del hilo telefónico.
—¿Qué es lo que requiere mi presencia con tanta urgencia y que no puede esperar hasta mañana?
Otra vez pudo notar un tono de satisfacción en la voz de Andrew.
—Es sólo que el jefe de una prestigiosa empresa automovilística americana se ha puesto en contacto conmigo…
—¿Qué empresa? — interrumpió Miley al punto.
Al oír el nombre, dejó escapar un silbido apagado.
Prestigiosa, en efecto.
Si todavía no eran los fabricantes de coches más importantes del mundo, pronto lo serían.
—¿Y? — urgió, debido a que Andrew se había quedado en silencio, tal vez para darle tiempo a sopesar debidamente la importancia de sus palabras.
—Quieren vernos.
—¿Quieres decir que están pensando en contratar nuestros servicios? — preguntó incrédula, porque la idea no cabía en su imaginación.
La agencia publicitaria de Andrew era original y competente.
En los dos últimos años el sector industrial le había concedido sus premios más importantes, pero sus clientes se reducían a pequeñas o medianas empresas británicas.
No tenían clientes en el extranjero.
¡Y mucho menos un cliente de la magnitud de una compañía automovilística americana!
—Les encantó tu campaña de las galletas de chocolate bajas en calorías — comentó Andrew.
—¡Pero seguramente no lo suficiente como para hacer una propuesta a una pequeña agencia británica como la nuestra! — chilló Miley .
Su acostumbrado don de gentes la había abandonado por el momento.
La respuesta de Andrew fue evasiva.
—Digamos solamente que en la actualidad no están satisfechos con su propia agencia publicitaria, y dejémoslo ahí. Pero insinuaron claramente que su publicidad podría quedar en manos de cualquier otra agencia. Es cosa nuestra convencerles de que podemos hacernos cargo del trabajo, y hacerlo de forma brillante.
—¿Y tú eres que podemos?
Andrew se echó a reír.
—Encanto, por el calibre de su presupuesto nosotros podemos poner una valla publicitaria en la luna, si así lo desean. Esa es la razón por la que te necesito allí. Tú eres tan irresistible —agregó bajando la voz en tono conspirador.
—¡Andrew! — la voz de Miley sonó fría como el hielo.
Él se echó a reír.
—¡Era una broma, encanto, tú lo sabes! Te necesito allí porque posees la mente más creativa que jamás haya visto, junto a una aplastante y fría lógica que nos deja al resto de los mortales con la boca abierta de admiración. ¿Así suena mejor? — hizo una pausa — Vamos, Miley , ¿no es ésta la razón por la que hemos trabajado juntos tanto tiempo? ¿No es ésta la clase de sueño que pensábamos que nunca se haría realidad? Es una oportunidad única en la vida y tú lo sabes.
Miley se quedó mirando el auricular que sostenía en la mano.
En el dedo anular de la mano izquierda, junto a la alianza, y cubriéndola casi totalmente, había una gran esmeralda cuadrada que brillaba en todo su verde esplendor.
Nick le había regalado la sortija cuando aceptó casarse con él.
Estaban en la cama.
Aún recordaba la expresión de enigmática satisfacción reflejada en el rostro de Nick , tras haberse salido con la suya.
Había esperado hasta después de hacer el amor para sacar la sortija de un bolsillo del pantalón tirado en el suelo.
Lo hizo con aire distraído, como un mago que saca un conejo de la chistera.
A Miley se le cortó la respiración cuando le puso la magnífica esmeralda en el dedo y, a pesar de haber manifestado con insistencia que no le atraían los rituales de una boda, sus ojos se abrieron de par en par.
—Pero, Nick , es… exquisita —dijo respirando con dificultad —. ¿Cómo sabías la medida de mi dedo?
Él había esbozado su peculiar sonrisa.
Esa sonrisa suya, devastadora y sensual, que la cautivó desde el principio, aunque había hecho lo imposible por evitarlo.
Esa sonrisa que todavía aceleraba los latidos de su corazón, como un tren que corre a toda velocidad.
—Simplemente lo sabía.
Y con un destello en los ojos que prometía un exquisito placer físico, había agregado con suavidad.
—Espera a que compre tu ropa interior. También te quedará bien. Verás, mi adorable Miley, tengo grabado en la mente cada milímetro, cada centímetro de tu delicioso cuerpo — terminó en un apasionado murmullo, mientras recorría lentamente el cuerpo femenino desde la garganta hasta el ombligo, con un dedo provocador.
Ante la mirada del hombre, Miley había sentido una oleada de amor tan intensa mezclada con tan honda excitación, que no se había atrevido a besarlo.
Estaba demasiado emocionada y temió que, si liberaba sus sentimientos, él se asustaría, alejándose de ella. En cambio, buscó en su mente la respuesta que él habría esperado de ella.
—¿Cuándo lo compraste? —inquirió de un modo casual, como si estuviera preguntándole la hora.
—¿Y eso es todo lo que se te ocurre decir? —replicó Nick , con pasmada incredulidad, que al punto se convirtió en una risa sarcástica.
—¿Y qué te gustaría que dijera? —preguntó tranquilamente.
—Supongo que sabes bien que durante años las mujeres han estado intentando casarse conmigo, y que muchas de ellas se habrían sentido abrumadas al llevar una sortija mía en el dedo — dijo en un tono deliberadamente burlón.
Le estaba gastando una broma, en efecto; pero Miley tenía suficiente agudeza y madurez como para saber que decía la verdad.
—¿Y habrían caído a tus pies muy agradecidas al recibir de tus manos esta magnífica sortija, no es cierto? —preguntó solemne, devolviéndole la broma.
Nick le dirigió una mirada de confundida admiración.
—Dios mío, eres tan terriblemente imperturbable, tan condenadamente serena. Nunca había conocido una mujer así en mi vida —murmuró.
Entonces fue cuando ella aprendió otra lección.
A causa de ese comentario, pensó que había hecho bien al resistir el deseo de decirle que en unas pocas semanas se había convertido en la única razón de su vida.
Pero ésa no era la Miley Walker que el mundo y Nick conocían.
Era de esa mujer de quien Nick se había enamorado.
Fría, serena, imperturbable, capaz de desafiar su arrogancia, burlándose de ella.
Él había tenido suficientes experiencias con las otras mujeres, aquellas que lo consideraban su amo y señor.
Alzó una mirada divertida, bajo sus espesas pestañas oscuras.
—¿Cuándo compraste la sortija? —volvió a preguntar.
—Cuando decidí casarme contigo, desde luego — respondió sonriendo.
—¿Querrás decir cuando decidiste pedirme que me casara contigo? —preguntó frunciendo el ceño.
Él negó con la cabeza.
—No —puntualizó enfático—, cuando decidí casarme contigo.
—¿Y cuándo fue eso? —preguntó, de pronto sin aliento.
Él sonrió, pero su sonrisa no era particularmente cálida.
Era más bien cautelosa, y definitivamente bordeaba el disgusto.
La miró fijamente.
—La primera vez que te vi.
—¿Tan seguro estabas de mí? — preguntó arrastrando las palabras —. ¿Tan seguro de que aceptaría?
—Cariño, ¿no querrás que te mienta, no es cierto?
Ella negó con la cabeza.
El pelo castaño, revuelto después de hacer el amor, caía en mechones desordenados sobre sus hombros.
—No, Nick —dijo con calma—. No quiero que me mientas.
—Entonces, sí —murmuró el hombre—. Me sentía muy seguro de ti.
sábado, 23 de marzo de 2013
Un Matrimonio Feliz ? cap1
El teléfono del escritorio de Miley sonó estridente y ella contestó al primer timbrazo con su habitual y enérgica eficacia.
—¿Diga?
Debido a su costumbre de ir directamente al grano, en la agencia de publicidad Holloway, se había ganado la reputación de no desperdiciar tiempo ni palabras.
Una vez había oído casualmente a una secretaria decir que era tan eficiente como un robot, y le costó creer que se refería a ella. Porque ella no era así.
— Miley, ¿dónde diablos has estado toda la mañana? — le llegó la voz de su jefe, Andrew Holloway.
Reconocía que Andrew tenía talento e imaginación, aunque para su desgracia, era muy vanidoso respecto a las mujeres.
—Quería entregar cierto material gráfico personalmente y acabo de llegar.
—Bien, necesito hablarte.
—Me temo que estoy ocupada en este momento. ¿No puede esperar? — replicó Miley con firmeza al tiempo que miraba desolada su escritorio, lleno de papeles.
—Claro que sí — contestó Andrew complaciente. Por su tono de voz, intuyó que la había comprometido en algo —. ¿Qué te parece una copa después del trabajo?
Ella suspiró.
—Andrew, no puedo. Tengo que acabar un montón de trabajo antes de irme — su voz se convirtió en un ronroneo mientras miraba la fotografía de su boda puesta en el escritorio —, y no olvides que hay un marido esperándome en casa.
«Una pequeña mentira», pensó con tristeza.
Si algo podía predecir de su maravilloso aunque enigmático marido, era que Nick Calder no esperaba a nadie.
— Miley, encanto, por favor.
Ella contuvo una sonrisa. Andrew no se daba por vencido.
Hacía tres años que era su jefe y aún insistía en seducirla con zalamerías.
¡Nunca podría comprender por qué ella no había caído en sus brazos como fruta madura!
Sí, era alto, fornido, rubio y de ojos azules.
Y no le faltaban ni el dinero ni las mujeres.
La verdad era que podía salir con quien quisiera.
Menos con ella.
Al principio, solía invitarla a menudo, recibiendo siempre una respuesta negativa.
Ella había salido con un solo hombre.
Y se había casado con él.
Tomó la fotografía enmarcada en plata.
Había sido una pequeña ceremonia porque ninguno de los dos quería una gran boda, aunque por diferentes motivos.
Los padres de Nick habían muerto, y los de Miley vivían en Italia.
Sin embargo, Nick era un hombre influyente y muy bien relacionado.
Un día que hacían planes, se había vuelto hacia ella declarando con ese tono conciso y perentorio, propio de él:
«O invitamos a todo el mundo y se celebra por todo lo alto, o a nadie».
Miley no había replicado.
Tenía unas cuantas amigas íntimas que no se sentirían mortalmente ofendidas si no las invitaba.
Y tenía a su ruidosa familia.
Aparte del hecho de que les habría resultado muy duro pagarse el viaje en avión, la verdad era que no veía a los suyos haciendo buenas migas con su futuro marido.
Simplemente, no había deseado convertir el día en un gran evento.
De hecho ella había jurado que nunca se casaría.
Y probablemente nunca lo habría hecho si no hubiera conocido a Nick.
Verdaderamente no podía imaginar a ningún otro hombre capaz de haber cambiado su mentalidad acerca del matrimonio.
Pero él había insistido tanto y era tan maravilloso, que ella sintió que era incapaz de negarse.
«Una boda sencilla», le había contestado tranquilamente.
Aquellos ojos de un azul grisáceo se habían entornado pensativamente, los labios sensuales curvados en una sonrisa.
«¿Pero te das cuenta Miley que una sencilla boda significa eso y nada más?
Registro Civil y dos testigos.
Ni iglesia, ni flores, ni música de órgano.
Tampoco un impresionante vestido blanco con velo.
Pensé que eso era lo que deseabais todas las mujeres».
Ella había alzado la barbilla en un gesto de rebeldía ante aquel comentario, pero más tarde al notar la suave luz de su mirada, se había dado cuenta de que bromeaba.
Sin tragar el anzuelo, se había limitado a sacudir la cabeza, replicando convencida: «Nada de eso», al tiempo que se preguntaba si la leve desilusión que había percibido en el rostro de Nick serían imaginaciones suyas.
Así que había comprado un sencillo vestido de boda, ni siquiera blanco o marfil, eligiendo por el contrario uno corto de lino color escarlata, que realzaba las suaves curvas de su cuerpo y favorecía el tono moreno del cutis heredado de su madre italiana, sus inmensos ojos marrón oscuro, y el cabello castaño que le caía sobre los hombros como una sedosa cascada.
Deliberadamente, y en contra de la tradición, había pasado con Nick la noche anterior a la boda, y por la mañana se dirigieron a la oficina del Registro Civil de Marylebone.
Había sido incapaz de ocultar su sorpresa y placer cuando él, deteniendo el coche en un puesto de flores, puso en sus manos el ramo de rosas rojas más grande y hermoso que jamás hubiera visto.
Luego, en la misma calle, habían escogido dos testigos que los acompañaron en la breve ceremonia.
Miley contempló en esos momentos a la mujer de la fotografía que, un tanto insegura, sonreía a la cámara junto a la figura alta y morena de su marido.
Era la única fotografía de aquel día.
«¿Insegura?», se preguntó mientras contemplaba la fotografía con más detenimiento.
¿Realmente se había sentido insegura?
Bueno, sí. Y de alguna manera todavía se sentía así, aunque lo ocultaba admirablemente.
Nunca había carecido de confianza en sí misma, pero estaba tan enamorada, que a veces tenía que pellizcarse para convencerse de que era la señora Calder.
De todas las candidatas, deseosas de casarse con él, la había elegido a ella.
Quizá porque no le interesaba el matrimonio.
Una vez casados, descubrió que le era muy difícil mantenerse en el papel de la mujer reservada, casi distante de la que él se había enamorado.
Con enormes esfuerzos intentaba no convertirse en la esposa complaciente que él hubiera despreciado.
Como siempre le sucedía cuando pensaba en Nick, sintió que sus pechos se excitaban peligrosamente bajo la fina seda de su blusa e inmediatamente puso la fotografía boca abajo en el escritorio.
¡Maldito hombre!
Se podría pensar que tras seis meses de matrimonio, se habría apaciguado esa insoportable punzada que sentía en la boca del estómago cada vez que pensaba en él.
Más bien había sucedido lo contrario.
Nick era como una droga; simplemente no podía saciar su sed de él.
Recordó que una vez había aparecido inesperadamente en su oficina para invitarla a comer al Savoy.
Se habían sentado a la mesa mirándose fijamente, mientras se enviaban mudos mensajes plenos de sensualidad.
Apenas probaron el primer plato porque, de pronto, como por mutuo acuerdo, Nick la agarró firmemente de la mano y se dirigieron a Recepción, donde pidieron una habitación extremadamente cara.
Pasaron el resto de la hora de la comida entregados al amor más loco y apasionado.
lunes, 11 de marzo de 2013
Un Matrimonio Feliz ? "sinopsis"
Miley Walker y Nick Calder se habían casado apresuradamente.
Ambos eran profesionales muy comprometidos con sus respectivas carreras, y trabajaban en ciudades distintas. Pero se amaban profundamente.
Todo marchaba maravillosamente bien entre ellos.
Durante un tiempo cada encuentro, cuidadosamente programado, parecía una nueva luna de miel.
Hasta que, de pronto, esos breves encuentros ya no fueron suficientes.
Los celos y la desconfianza amenazaban con destruir la relación, hasta que Miley descubrió el plan concebido por su marido para salvar el matrimonio:
¡un bebé!
Y eso significaba la maternidad y el fin de su carrera.
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