miércoles, 19 de septiembre de 2012

A merced del griego cap 8




Miley comprobó de una mirada que se trataba Tic uno de aquellos restaurantes chic a los que acudía la gente moderna.
Gimió en alto y dedicó a Nick una mirada desesperada.

-No puedo entrar ahí.

-¿Por qué no? -preguntó él, irritado.

Empezaba a preguntarse qué demoníaco impulso lo había llevado a invitar a aquella chiflada a cenar.
Le habían preocupado los comentarios que había hecho sobre su futuro trabajo en el pub, desde luego, pero, ¿acaso era asunto suyo?
Los adultos elegían lo que querían hacer con sus vidas..

-¡Mírame! - exclamó Miley , ruborizada a causa del pánico.

Nick la miró
-Nadie te prestará la más mínima atención - aquello fue lo mejor que se le ocurrió para consolarla sin tener que recurrir a mentir.

-¡Todo el mundo va a mirarme! -exclamó Miley .

Tras detener el coche, el chófer bajó para abrir la puerta de Miley .
Junto a Nick , Miley se sintió aún más avergonzada.
Alzó hacia él una mirada implorante y Nick movió la cabeza con impaciencia.

-Eres demasiado consciente de tu aspecto.

-Para ti es fácil decirlo porque tienes la suerte de tener un aspecto fantástico - protestó ella.

-¿Siempre dices lo que piensas? -preguntó Nick , ligeramente sorprendidopor su franqueza.

Miley ignoró la pregunta.
Estaba demasiado ocupada haciéndose la remolona.
Nick tuvo que empujarla hacia la puerta para que se animara a entrar.
Posiblemente él no notó nada, pero ella sí.

Todos los rostros se volvieron hacia ellos.
Miley estaba segura de que las mujeres se rieron de ella antes de disfrutar de la visión del hombre que la acompañaba.
Los hombres la miraron con desprecio y luego miraron a Nick ,preguntándose si deberían reconocerlo.
Miley se sintió peor que invisible y bajó la mirada.

-Aquélla es nuestra mesa - murmuró Nick - ¿Quieres que te guíe o estás preparada para alzar la mirada y caminar hasta ella sin ayuda?

-Muy gracioso -replicó Miley - ¿Has notado cómo me mira todo el mundo preguntándose qué diablos hago aquí?

-Nadie te está mirando.

-Estaban mirándome -dijo Miley mientras alcanzaba su silla y se sentaba en ella con un suspiro de alivio.

-Tu madre no debería haber permitido que tus complejos respecto a tu hermana se le fueran de las manos

Nick tomó el menú de la mesa y lo miró sin mayor interés.
Miley se inclinó hacia delante en la mesa.

-Mi madre no tuvo la culpa de dar a luz un cisne y un patito feo.

-De acuerdo, pero, ¿es consciente de que te comparas constantemente con tu hermana?

-Mamá murió hace siete años -Miley esperó a que Nick hiciera algún comentario educado al respecto, pero él se limitó a mirarla y a asentir brevemente - Pasó dos años enferma antes de morir. Por eso no terminé mis estudios. Necesitaba trabajar.

-¿Y a qué se dedicaba tu hermana?

-Claire estaba en Londres, siguiendo un curso de interpretación y trabajando esporádicamente como camarera.

-¿Y no heredaste nada que pudiera ayudarte a seguir adelante con tus ambiciones?

Antes de que Miley respondiera, Nick pidió al camarero una botella de vino y el pescado del día. Miley pidió lo mismo.

-Claire necesitaba lo poco que quedó más que yo. Prometió que cuando triunfara me devolvería el dinero, aunque eso nunca me importó. Mamá ya no estaba y no me preocupé en dividir lo que nos dejó, que tampoco era mucho.

-¿Y tu hermana ha triunfado? -preguntó Nick , consciente de la respuesta que iba a recibir.

No fue ninguna sorpresa descubrir que los sueños de estrellato languidecían al otro lado del Atlántico.
Tampoco fue ninguna sorpresa descubrirque el dinero no había regresado nunca a manos de su dueña original, que parecía asombrosamente satisfecha con la situación.

-¿Y no te importa compararte desfavorablemente con alguien cuyo único derecho a la fama reside al parecer en su aspecto?

-Claire también es una persona muy cálida -protestó Miley con vehemencia.

«Sobre todo cuando consigue lo que quiere», añadió para sí.
Su egoísmo siempre le había producido una extraña mezcla de furia y ternura, pero siempre le había costado enfadarse con ella

-En cualquier caso, no me comparocon Claire. Simplemente la admiro. ¿Tú no tienes hermanos con los que compararte?

-No tengo hermanos -dijo Nick en un tono que no invitaba a mayores indagaciones sobre su vida personal, pero Miley se limitó a mirarlo pensativamente.

-Eso es muy triste. Ya sé que Claire no vive aquí, pero es agradable saber que está conmigo en espíritu... por expresarlo de algún modo. ¿Y tus padres? ¿Dónde viven? ¿Aquí? Deben estar muy orgullosos de ti, de tu éxito...

Las mujeres no solían sonsacar información a Nick sobre su vida personal.
De hecho, sabían cuándo dejar de hacerlo sin necesidad de que se lo dijeran.





martes, 18 de septiembre de 2012

Dama de treboles cap 35




A varias manzanas de allí, Elisabeth Watts cruzó la calzada esquivando los carruajes, carros y los ómnibus de pasajeros que circulaban en ambos sentidos.

Desde la construcción de la estación de ferrocarril dela Union Pacific, la calle Diecisiete se había convertido en una de las más transitadas de Denver.
Caminaba ajena al bullicio de la calle, sin dejar de pensar en el hombre que acababa de conocer.
En realidad, estaba molesta consigo misma.

Seguro que el señor Collins habla notado la impresión que le había causado.
Y no quería ni recordar su semblante divertido cuando la hermana Margaret los presentó.
Todavía se moría de vergüenza, porque él debió de reconocerla.

Hacía días de aquello, pero cómo iba a olvidar el momento en que levantó la vista del libro y, a través del ventanal, lo vio trabajando en el tejado.

Era la primera vez que veía la espalda desnuda de un hombre y no pudo evitar quedarse ensimismada con la cabeza ladeada y la boca abierta.

Cuando él la miró por encima del hombro y le sonrió, ella casi enterró el rostro en el libro, pero ya era tarde para fingir que no lo había visto.

Creyó que se trataba de un albañil ocupado en la reparación del tejado.
Su madre tenía mucha razón cuando insistía en que no hay que fiarse nunca de las apariencias.

   En cuanto entró en el Albany, se encontró con sus padres.

Tras saludar a su hija, Rachel se levantó para preguntar al jefe de sala si su mesa ya estaba lista.
Elisabeth se sentó a esperar.
Bullía por preguntar a su padre y no veía la manera de hacerlo.
Al fin, se decidió por la más sencilla.

   —Papá, esta tarde he conocido en el hospital a John Collins —lo miró de reojo—, dice que te conoce.

   —Collins… claro. Un buen muchacho. ¿Y cómo es que estaba en el hospital? ¿Le pasa algo?

   —Nada de eso, ayudaba en una reparación. Según me ha contado la hermana Margaret, su padre construyó una parte del hospital. Y ahora, siempre que los necesitan, acuden a cualquiera de los dos hijos. Se ocupan de los arreglos y se empeñan en hacerlo de manera gratuita. ¿No te parece un gesto noble?

Elisabeth deseaba a toda costa conocer la opinión de su padre sobre aquel joven y de paso averiguar todo cuanto pudiese sobre él.

 —Es un detalle por su parte, desde luego. Tiene dinero suficiente y puede permitírselo. Según tengo entendido, desde la muerte de su padre, dirige junto a su hermano la empresa familiar. Se dedican a la construcción de edificios.

Rachel les apremió desde la puerta del restaurante para que la acompañaran.
Clifford se levantó y le ofreció el brazo a Elisabeth.

   —¿Aquí en Denver? —preguntó jugueteando con una cuenta de su bolsito.

  —Y en los alrededores. Se enriquecieron con el auge que tuvo esta zona durante la fiebre del oro.

  —No entiendo por qué se ocupa en persona si dices que se trata de una empresa próspera. ¿No cuentan con bastantes empleados?

   —Conocí a su padre. Siempre quiso que sus hijos supiesen en qué consistía su negocio y, desde jóvenes, los hizo trabajar no solo en el despacho sino en las propias obras. Por lo visto, los hermanos Collins no dudan en arrimar el hombro siempre que es necesario o cuando consideran que algo no se realiza a su gusto.

   Elisabeth recordó su ancha espalda bronceada. Aquello explicaba por qué, pese a su imagen de caballero, lucia la constitución propia de un trabajador manual.

  —¿A qué viene tanta pregunta? —se detuvo Clifford con una expresión suspicaz.

  —Bueno, simple curiosidad —respondió con aparente desinterés.

  Su padre la miró de reojo. «Seguro, simple curiosidad».

   —¿Saldrás esta tarde? —preguntó cuando llegaron a la mesa donde Rachel los esperaba ojeando la carta.

   —Prefiero hacerte compañía —contestó con una mirada cariñosa. Quién pensaba en pasear con otros pretendientes, cuando no podía apartar de su cabeza la sonrisa de John Collins?


Dama de treboles cap 34


Cuando Nick se alejaba, Doreen lo vio saludar con la cabeza al predicador y a su esposa.

   —Doctor, ¿usted cree que mi pequeñín será guapo? —preguntó con la vista fija en el matrimonio Barttlet.

   —Estoy seguro, a la vista de los padres que tiene.

   —Créame, a ratos me asaltan las dudas. No puedo entender cómo de esa pareja tan horrorosa pudo salir una hija como Matilda.

   —Dime una cosa Doreen —preguntó el doctor sofocando la risa—. Tú eras el terror de ese internado de señoritas donde te educaste, ¿verdad?


Clifford Watts estudió la carta pensativo.
Volvió a abrirla y la releyó.
Tras dudar un momento, la arrugó y la lanzó a la papelera.
No estaba dispuesto a pasar una vez más por una situación como aquella.
Con decisión se levantó del escritorio y tomó la chaqueta y el sombrero.
Se despidió de sus empleados sin dejar de pensar en el contenido de aquella misiva y supo que había hecho lo correcto.

Cuando llegó a la altura del Fillmore Block, contempló su tosca fachada de ladrillo.

«Bloque», qué nombre más acertado para una construcción tan ramplona.
Los edificios de negocios proliferaban en Denver y, salvo los más grandes y ostentosos, las mayoría eran de factura sólida y sin ornamentos.

Pensó en su propia casa, un edificio bello a la par que sobrio, con planta alta y buhardilla.
No desentonaría en ningún barrio elegante de Nueva Inglaterra.
Aunque poco valor tendría aquella espléndida edificación si no tuviera a las dos personas que eran el alma de su hogar.


En el cruce de la calle Welton conla Diecisiete, se detuvo a las puertas del hotel Albany, donde había reservado mesa.
Optó por variar el semblante antes de entrar.
Su esposa Rachel era demasiado perspicaz para pasar por alto cualquier preocupación, pero la carta que había recibido esa misma mañana lo había obligado a volver al único pensamiento que lo entristecía desde hacía quince años.

Juró a su hermano en el lecho de muerte que seguiría buscándola, pero la tarea cada vez resultaba más descorazonadora.
Años y años recibiendo pistas falsas, siguiendo rastros que no conducían a ninguna parte, o teniendo que soportar las vilezas de más de un desalmado que vela en la desgracia de la familia una oportunidad para lucrarse.
Como la carta que acababa de recibir.
Decidió no pensar más en ello.
Ya en el hall, enseguida localizó a su esposa Rachel.

   —Llegas un poco tarde —le reprochó.

   Se acomodó a su lado en el sofá y ella le ofreció la mejilla para recibir un beso.

   —Me entretuve caminando más despacio de lo normal, supongo. ¿Y Elisabeth?

   —En el St. Joseph, no creo que tarde.

—Y esta niña, ¿por qué se empeña en esa labor en el hospital? —protestó—. Podría asistir contigo a las reuniones dela Sociedadde Socorro de Señoras, como hacen otras chicas.

   —Parece que no conozcas a tu propia hija. Ella es mucho más feliz con esos niños que asistiendo a ese tipo de reuniones.
Clifford optó por no insistir.

   —¿Qué te preocupa? ¿Algún problema en las minas?
A su esposa no conseguía engañarla.

   —En el Rocky Mountain News se recibió una respuesta al anuncio y, desde la redacción, me la han hecho llegar esta misma mañana.

   —¿Qué dice? ¿Son buenas noticias? Vamos, cuéntamelo todo —lo apremió ilusionada.

   —Querida, mejor no te hagas ilusiones. En cuanto la he leído, la he tirado a la papelera. Querían dinero.

Ella le acarició la mano tratando de consolarlo.
Para ambos suponía una nueva decepción.
Se sentó de lado para quedar frente a él.

   —Cuéntamelo —le rogó con cariño.

   —Se trataba de un anónimo. Decía tener información que solo me daría a cambio de una buena suma. Solo eso. Me sugería que lo fue se pensando, que más adelante volverla a contactar conmigo.

   —¿Nada más, ni una firma? —Él negó con la cabeza—. ¿De dónde venía la carta?

La sagacidad de su esposa no había disminuido ni un ápice con el paso de los años.
Con media sonrisa, pensó que, en el caso de que algún día el filón de las minas se agotara, no tendrían problemas para sobrevivir si ella ofrecía sus servicios ala Agencia Pinkerton.

   —Desde Castle Rock —respondió recordando el dato.

   —Pues eso es una noticia extraordinaria. Significa que por lo menos alguien la ha visto cerca de aquí.

   —Si no se trata de un estafador sin escrúpulos —matizó él.

   —¿Tú crees que alguien perdería su tiempo si al menos no hubiese visto a una muchacha que pueda parecerse a ella? —argumentó—. Sea quien sea, debe haber visto u oído algo referente a una joven de sus características. De lo contrario, no te escribiría, porque debe de suponer que sin pruebas concluyentes no conseguirá ni un centavo.

—Siempre tan optimista, querida. ¿Que haría yo sin ti? —le agradeció con cierta tristeza.

   —Te aseguro que si la misma carta hubiese procedido de otro Estado lejano no tendría tantas esperanzas. Algo me dice que la situación ha mejorado bastante.

Clifford meditó sobre las conclusiones de Rachel.
Puede que tuviera razón y aún les quedase una pequeña esperanza.
Pero no podían hacer otra cosa que esperar nuevas noticias de aquel informante anónimo.



sábado, 15 de septiembre de 2012

La caida de Jonas cap 21



Miley estuvo demasiado callada.
El trayecto desde el almacén hasta el bar fue un infierno.
Porque mientras aparcaba, sabía qué diablos tenía que hacer.

Ella quería confianza.
Mier.da.
No le gustaba esa parte.

—Un sedán negro nos siguió hasta la tienda, —dijo finalmente en voz baja.

—Lo sé. — Ella entrelazó sus dedos juntos y respiró fuerte y profundamente. —Voy a tener que irme esta noche, Nick. — Había lágrimas en su voz — Cuando me vaya, se irán también.

—Y un infierno lo harás. —La agarró del cuello y le giró la cara hasta que pudo mirarla a los ojos asustados. —No correrás, Miley .Ya no. Es mi ciudad, mi bar y eres mi jodida mujer. Y por Dios, seguirá así.

Antes de que pudiera protestar, antes que la primera lágrima cayese, la cubrió con los labios.
El fuego se disparó con el beso a través de sus venas, apretando cada célula de su cuerpo y lo dejó deseando más.

Su mujer.
Por primera vez en su vida, Jonas amaba a una mujer.
Estaría condenado si permitiera que alguien se la quitara.

Ella pensó que estaría a salvo.
El tío Martin había mantenido un seguimiento de los enemigos de su padre.
Habían muerto todos.
Los tenientes que le habían enviado después a ella, habían sido arrestados.
O habían desaparecido, enterrados.

Sin embargo, alguien la había encontrado, la estaban siguiendo.
Y ellos sabían de Nick.
Sus manos temblaban mientras Nick, todos le llamaban Jonas pero para ella era Nick, la acompañaba por el bar lleno de gente.

El bar era el tipo de lugar donde se reunían todo tipo de parranderos, fiesteros, o simplemente mala gente.
Y había unos cuantos mezclados por allí, estaba segura.
Los gorilas definitivamente.
Tenía que haber una docena de gorilas esa noche.

Ella los detectó al instante, muy probablemente porque no había menos de tres a su alrededor y Nick en un momento u otro.
Se pasó los dedos por el pelo mientras se sentaba en la barra, tamborileaba con los dedos contra la superficie resbaladiza, mientras observaba la sala grande, cavernosa que parecía llena de cuerpos en torsión, girando, medio borrachos.

Una noche de diversión nunca había parecido tan siniestra.
Sí, la había habido.
La última vez que había dejado que su fascinación por un hombre la sacara de su escondite.
Y ahora, estaban amenazando al único hombre que había amado alguna vez fuera de su familia.

—Uno de nuestros mejores. — Jake empujó un vaso de whisky delante de ella.

El vaso de chupito era poco más que una broma.
Lo recogió y lo tiró hacia atrás, haciendo una mueca de puro placer con la quemadura que atravesó su cuerpo.

—Dame otro, Jake.

Ella dejó el vasito en la mesa mientras le daba la orden distraídamente, mirando a su alrededor, tratando de asegurarse de que no podía reconocer a ninguno de los hombres que conocía como enemigos de su padre.
O pudieran serlo.

Se fijó en el vaso que tenía delante.
Frunció el ceño y lo miró.

—¿Qué tal uno doble?

Jake levantó las cejas, pero le sirvió el tiro en un vaso grande, añadiéndole más, y se la entregó.
La miraba como si esperara que se lo tragara como el anterior.


El primer disparo había sido para darse valor.
Éste iba a ser para disfrutar.
Beber demasiado rápido sólo le hacía mal.
Toleraba licor muy bien.
Lo que no toleraba bien eran los nervios.
Y tenía un montón de ellos esta noche.

Se giro alrededor del taburete y se encontró cara a cara con el pecho de Nick.
Levantó la vista hacia la gran extensión para encontrarse con su mirada inquisitiva en la copa con ella.

—No hay que preocuparse, —suspiró. —Casi nunca me emborracho.

—Eso no es lo que me preocupa — Sus ojos de color avellana y ámbar se encendieron con la diversión. — He notado, sin embargo que la única vez que te he visto beber es aquí, en mi bar.

—¿Cómo lo sabes? —Lo miró desde las comisuras de sus ojos. —Rara vez estas en la casa conmigo, Nick.

—Pero te miro en tu piscina. Si bebieras, lo harías en el patio.

Sus labios temblaron, y se sonrojó.
Debido a que la había visto masturbándose en la piscina.
Y porque, maldita sea, tenía razón.


este cap va dedicadisisiismo a Mari♥
que me lo pido 
para ti linda te quiero amiga C:


La caida de Jonas cap 20




No lo estaban.
Incluso el joven que la había engañado para que saliera de casa de su padre había muerto, una muerte cómoda unos pocos años más tarde.

Los enemigos de su padre habían muerto en la cárcel, junto con él.
Cada una de las personas que le habían hecho daño estaban bajo tierra.
No quedaba nadie para que Jonas pudiera vengarse por ella.
Bajó la cabeza, alejándose de él fijándose en su vestido.

—No cambia el hecho de que yo quiero más de ti de lo que quieres dar, —le dijo, volviéndose hacia él. —Me engañé con respecto a nosotros, creo, para entrar en tu cama.

—Entonces engáñame otra vez, Miley Simplemente pon tu culo en un par de jeans y vuelve aquí. — Tuvo que apretar las manos y los dientes para no agarrarla. — Por el amor de Dios, cariño, ten compasión de mí. Estoy tan duro como una roca y necesitando tu bonito cuerpo. Vamos a salir de aquí y hacer lo que tenemos que hacer.

—¿Por qué? —Continuó, sus manos en las caderas y el ceño fruncido. —¿Por qué es importante si vamos a la tienda? ¿O a al bar? ¿Qué cambio habría si pones tu sello de propiedad sobre mi cabeza?

Él asintió con decisión.

—Estás captando la idea, bizcocho. Mi sello de propiedad. Marcarte en cierto modo. —Le gustaba como sonaba eso suficiente como para sonreír por la anticipación. — Y eso hace el camino más fácil. Podríamos hacerlo de la manera difícil. Pensé que podría seguirte la próxima vez que vayas a la tienda y empezar a patear cabezas cuando sorprenda a alguno de esos payasos olfateando detrás de ti. Me divertiría con eso, pero no apostaría por ello.

Sus ojos se estrecharon.

—Estás siendo muy autocrático.

—Es uno de mis rasgos más característicos, — bufó — Ahora ve a vestirte. Tienes cinco segundos para subir al piso de arriba antes de que empiece a desvestirte. —Bajó sus pestañas, agitando su mirada sobre ella. —Y mañana me pongo a patear cabezas.

Él iba en serio.
Miley lo miró, sorprendida, quizás un poco indignada, y muy excitada.

—Vamos a tener que hablar sobre tu hábito de ordenar a mi alrededor, —le dijo, moviéndose hacia atrás por la cocina.

—Cinco. Cuatro. —Cruzó los brazos sobre el pecho.

—Estás siendo terriblemente arrogante.

—Tres. —Esperó un latido del corazón. —Dos. — Bajó los brazos, las manos sobre su cintura, tan dulce, la pequeña Miley  dio media vuelta y salió corriendo.

Y maldita sea si ese no era el culo más bonito.
Sonrió al escucharla subir corriendo las escaleras.
Sonrió al pensar en la noche por delante.
Luego silbó ante la idea de la noche por delante.
Por la mañana, Miley y todos los demás en esta maldita ciudad sabrían exactamente a quien pertenecía.

 .....

Estaban siendo seguidos.
Jonas estaba relajado en su camioneta, Miley repantingada cerca de su lado mientras conducía por la ciudad.

Y la descarada riéndose de él porque se aseguró de que conducía por toda la ciudad, los alrededores, y luego a la tienda de comestibles en el otro lado de la pequeña ciudad antes de detenerse.

—Hey, todo el mundo necesita una visión clara, —le dijo con una sonrisa mientras la ayudaba a bajar de la camioneta, fijando su atención en un sedán negro que pasó frente a ellos, demasiado condenadamente despacio.

La empujó a la tienda y le dio la lista para el bar.
Era una lista que él y Jake se habían sacado de la manga como excusa para sus compras. Elementos como el apio, pimienta, sal, artículos de mier.da que había en abundancia.

—Voy a llamar a Jake para asegurarme que no se olvidó nada. —Sacó su teléfono móvil, marcó el número de Jake.

Contando los tonos.
Cuando Jake respondió, colgó el teléfono, una señal para Jake de la existencia de problemas y sonrió a Miley

—Debe de estar muy ocupado.

Jake estaría realmente ocupado a partir de ahora.
Estaría llamando a todos los malditos gorilas del bar, doce en total, y diciéndoles a todos que esta noche tendrían un maldito trabajo.

Tres vendrían a la tienda antes de que Jonas y Miley se marcharan.
Era un maldito paranoico.
Los hombres que trabajaban para él eran tan paranoicos como él.
Solitarios.
Soldados sin una guerra que luchar porque sus cuerpos se negaban a hacer lo que tendrían que estar haciendo.
Eran su familia.
Y ahora, eran la familia de Miley

Deambuló por la tienda con ella, el brazo sobre sus hombros, o en la cintura.
Miró a los hombres que la miraban, y los pocos que se detuvieron y le hablaron fueron agasajados por un posesivo Jonas.
Algo que, evidentemente nunca habían visto, porque él siempre sonreía.
Gilipollas.

Le susurró chistes verdes al oído para ver como se ruborizaba, y se detuvo y habló con algunas de las mujeres que sabía iban a ser buenas amigas para su Miley .
Mujeres que estaban casadas, con toda seguridad felizmente casadas y que, por supuesto, le dirían lo grande y maravilloso que la monogamia podía resultar.

Tenía un plan.
Jonas siempre tenía un plan.
Pero primero, iba a ocuparse de los malditos patanes del susodicho sedán negro.

Estaba con Miley en el proceso de pagar cuando Casey, Iron, y el Turco entraron en la tienda.
Tres ex-Rangers, soldados que parecían tan condenadamente eficientes como realmente eran.

—Eh, jefe, Jake dijo que no se olvide de traer el cambio. — La voz del Turco fue un gruñido mortal cuando se acercó a ellos.

Vestido con jeans negros y una camisa negra, pelo rebelde negro cayendo a su cuello, El Turco, con sus fríos ojos azules echó un vistazo al dueño de la tienda, Mark, antes de volver a Jonas.

—Jake no te llamó, —murmuró Miley .

—Jake tiene un extraño sentido del humor, dulce, —dijo Jonas arrastrando las palabras mientras sacaba un billete de cien de su cartera. —¿Me puedes dar cambio, Mark?

—Puedo, Jonas. —Mark no era tonto.

Las pocas veces que estos tres hombres habían estado con Jonas, siempre había habido problemas.
Como la vez en que esa maldita pandilla de motoristas había tratado de asaltar su bar hacía dos años.
Jonas, el Turco, Iron, y Casey habían entrado y limpiado el lugar sin una sola ventana rota.
Había habido algunos huesos rotos, diversas contusiones, pero estos cuatro hombres no habían sido los que sufrieran.

Mark envolvió los paquetes de monedas en una bolsa de plástico y se los entregó a Jonas.

—Cuídate, Nick. —Asintió con la cabeza antes de sonreír a Miley . —Y tú también, Miley . Mantén a este muchacho por el buen camino.

No sería la señorita Miley nunca más.
Sería Miley  la mujer de Jonas.
Maldita sea, Jonas casi podía sentir el pecho henchido de orgullo.

—Eh, jefe, ¿has visto antes las nuevas Harley que corren por la ciudad? —Dijo con naturalidad Casey mientras se colocaba al lado de Miley , Iron se puso delante, y el Turco en la parte de atrás. —Eran una belleza con todo ese cromo.

Jonas se concentró en la conversación, y en el sedán.
Simplemente aparcado en el estacionamiento, tenía los vidrios polarizados, pero aún podía distinguir tres hombres dentro.
Los dos del asiento delantero llevaban gafas oscuras.

Al llegar a la camioneta, Jonas disparó una mirada dura a Iron.
El otro hombre asintió con la cabeza.
Habían comprobado la camioneta y estaba limpia.

—Vamos, cariño. —Ayudó a Miley  a entrar por el lado del conductor antes de hacerlo él mismo.

—¿Se dirigen al bar? —Gruñó el Turco.

Sus ojos castaños estaban entrecerrados y su mirada dura, su rostro marcado parecido al de un perro callejero que había ganado demasiadas peleas con un precio demasiado alto.

—Ese era el plan, Turco.

El Turco asintió con la cabeza.

—Nos vemos allí.

Los tres hombres saludaron con las manos antes de montarse en sus motocicletas.
Harleys.
Motos de chicos malos.

Jonas prefería su camioneta.
La puso en marcha y se alejo con alivio del estacionamiento.
El Turco y Casey se colocaron a los lados, Iron lo hizo detrás.


chicas esta nove ya va a llegar a su fin 
espero que les guste :D

La caida de Jonas cap 19




Y oh sí, ahí estaba, un destello de excitación.
Sus bolas se apretaron.
Se anudaron bajo la base de su pene con una intensidad dolorosa.

—¿Qué quiero? —Gruñó sedosamente, avanzando sobre ella. —En primer lugar, quiero mostrarles a todos los idiotas de esta ciudad que quieren agarrarte que eres mía. Luego quiero reforzar ese mensaje frotándome contra ti en la pista de baile de mi bar. Una vez que hayamos terminado, voy a llevarte a mi oficina, tumbarte en mi escritorio, y comerte ese coño tan caliente y dulces que tienes y te oiré gritar mi nombre una y otra vez. ¿Eso responde a tu pregunta?

Sus pechos estaban subiendo y bajando, empujándose contra su vestido por las respiraciones jadeantes que estaba haciendo ahora.

—No querías cadenas, —susurró.

—Te follé sin condón. —Agarró sus caderas y tiró de su culo hacia él. Infierno, no tenía el más mínimo control en lo que ella se refería. —Si eso no son cadenas, nena, no sé lo que es.

Sus manos se apoderaron de sus antebrazos.

—Pero estoy protegida. No hay riesgo.

—¿Has perdido la mente, Miley ? — Mordió su oreja como represalia — Soy un fanático del condón, ¿recuerdas? ¿Crees que me olvido de ellos tan fácilmente? ¿Crees que alguna vez otra mujer ha merecido suficiente confianza por mi parte como para derrame dentro de ella?

Le pasó la lengua por donde la había mordido.

— Y quiero hacerlo de nuevo. Quiero ver mi polla mientras empujo dentro de tu apretado coño. Mirar la forma en que se abre para tomarme. Follarte y llenarte mientras me ordeñas, dime si eso no son cadenas, maldita sea.

Miley sintió que se le debilitaban las rodillas.
Sabía que debía protestar a eso.

Debería estar gritando, apartándolo de ella, diciéndole que se fuera al infierno.
No había confiado en ella.
No le había preguntado, en cambio la había investigado en su lugar.
Y, evidentemente, por alguien que sabía qué demonios estaba haciendo.
Debido a que había encontrado casi todo.

—Cadenas físicas, —susurró, cerrando los ojos cuando le apretó su erección contra su trasero. —No podías preguntarme a mí, ¿verdad, Nick? No, tuviste que preguntárselo a algún otro.

Trató de apartarse de él, pero no la dejó ir.
Y no iba dejarla, la sostenía con firmeza, frotando su erección contra su culo, la estaba matando.

Tres días.
Había estado sin él durante tres días.
¿Cómo se suponía que tenía que soportar esto?
Creyó que podría sobrevivir.
Que iba a estar bien.
Pero no lo estaba.
Era miserable.
Le dolía.

Se despertaba por la noche necesitando sus brazos alrededor de ella, atormentado, caliente, su cuerpo clamaba por él.
Y él no estaba allí.
No había tenido suficiente de él, se aseguró a sí misma.
Sólo unos días más, y tal vez podría saciar la necesidad que corría por ella.

—No te irás, bebé. — Se estremeció con el sonido de su voz, como si pudiera leerle la mente — He estado matándome a pajas hasta que mis bolas se han puesto de color azul y no ayuda. Nada va a ayudar hasta que te folle otra vez.

Le dio la vuelta, la mano bajo la curva de su pelo largo en la parte posterior de su cuello, sosteniéndola en su lugar mientras sus labios cubrían los de ella.

¿Se suponía que debía luchar contra esto?
¿Luchar contra el placer que construyó hasta que sintió como un fuego abrasador la devoraba?
¿Desgarrando a través de su mente y fundiéndola con él?

Se suponía que debía estar enojada con él, ¿no?
Eso era lo que se había dicho durante tres días.
Que él no había confiado en ella.

¿No podía preguntarle por su pasado pero en cambio podía investigarla?

Debería estar furiosa, no aferrándose a él, clavando las manos en su cabello, desesperada por él.
Necesitaba su beso, su toque.

Cuando sus dedos arrancaron en los botones de su vestido, tirando de ellos, abriendo el material separando sus labios de los suyos para recorrer las cimas de sus pechos hinchados, contuvo la respiración.
Sí.
Necesitaba esto.

—Te extrañé, Miley ,—gimió, levantándola hasta que la colocó sobre la mesa, colocándose entre sus muslos mientras le sacaba el vestido por encima de sus brazos, junto con las correas de su sostén.

Sus labios se concentraron en los pezones, los cubrió, tiró de los piercing hasta que sintió estremecimientos de necesidad correr justo por debajo de su piel.

Las cosas que le hacía.
Las maneras en que la tocaba.
No se parecían en nada a lo que había creído que sería.
Era tan potente que generaba adicción.
Era el placer máximo.

—Maldita sea. Me vuelves loco. —Retrocedió, tiró de los bordes de su vestido y se quedó mirándola, su mirada sensual, somnolienta. —Vístete.

—Estoy vestida. —Le devolvió la mirada con confusión.

—Jeans. —Movió la mano sobre su culo. —Si llevas vestido al bar voy a terminar follándote antes de sacarte de la pista de baile. Ve. Te espero aquí.

Los labios de Miley temblaron por su tono autoritario.

—Eres un mandón, Nick.

—Estoy caliente, demasiado, así que ten cuidado. Apriétame un poco más y te enseñaré más de lo que estás preparada en este momento.

Sus labios se separaron y ella sonrió.
Era obvio que le gustaba su sonrisa porque tenía los ojos entrecerrados, destacando el ámbar oscuro.

—No sé, Nick, —dijo arrastrando las palabras. —Siempre he sido una alumna muy rápida. Tal vez seas tú el que se quede atrás en las lecciones, no yo.

Oh, él había caído, y Jonas lo sabía.
La caída suprema, dura y rápida, por ese hoyuelo pequeño y lindo, esos ojos azul pálido y esos largos rizos sueltos.
Su sonrisa intrigante y su capacidad para hacer que la siguiese.

¡Maldita sea!, ninguna otra mujer había hecho eso.

—Apuesto por mí. — Él sonrió a su vez.


Sabiendo que hablaban del sexo, y no del amor.
Hablar de amor vendría más tarde.
Tan pronto como resolviera exactamente qué era lo que debía decir en una conversación sobre eso.
Pero él era condenadamente bueno improvisando.
Finalmente sacudió la cabeza.

—Tenemos que hablar antes de hacer cualquier otra cosa. —Suspiró —No confías en mí, Nick.

Ella lo miró fijamente, la vulnerabilidad, el dolor en sus ojos le apretó el pecho.

—Esa falta no era de confianza, Miley ,—le prometió, dejando que sus dedos se deslizaran a través de la suave seda de sus rizos. —Fue el dolor en tus ojos cuando vi las cicatrices. Fue el conocimiento de que alguien te había hecho daño y quería matar por ti. Pero no quería que vieras esa reacción. No quería que me vieras si me enteraba de que los hijos de puta que te hicieron eso todavía estaban vivos.



La caida de Jonas cap 18




Fue la madre de todas las idioteces.
Tres días después, Jonas subió a su ático, miró por la ventana, y no vio nada.
Menuda cagada, había meado fuera de tiesto.

Miley había huido de él.
Después de bombearse en su interior hasta que pensó que iban a derretirse en el suelo de la cocina, ella huyó de él.

¿Y qué diablos había hecho?
Quedarse allí.

Igual que el tonto que era, se quedó en la condenada cocina y la vio alejarse.
la ira aumentaba dentro de él tan rápido y tan fuerte como la lujuria que tenía.

Había vivido aquí dos años.
Dos malditos años.
Ella le había llevado sopa de pollo mientras se recuperaba de la cirugía en la rodilla.
Le trajo jodidas galletas caseras.
Habló con sus amigos y sabía cosas de él que no debería haber sabido.
Y le sentaba como un guante.

Infierno, ninguna mujer nunca lo había ajustado tan perfectamente como Miley lo hizo.
Y ninguna mujer lo había afectado nunca como ella hizo.
Incluso la echaba de menos.

¿Cuándo había sido la última vez que había extrañado a ninguna mujer en particular?

No se perdía en las mujeres.
Se aseguraba de no acercarse lo suficiente como para extrañarlas.

¿Por qué demonios estaba Miley escondida?

Bueno, él había tenido suficiente, estaba condenadamente seguro.
Miró el reloj:
Tenía que estar en el bar en unas pocas horas.
Estaba vestido y listo para ir.
Sólo tenía que conseguir que Miley también lo estuviera.

¿Cómo podía no haber oído los rumores que corría por la ciudad con respecto a ella?

Iba a la tienda de comestibles todas las tardes, todos lo sabían.
Nada menos que tres hijos de puta se le habían acercado.
Hasta ahora, nadie había mencionado su centelleante hoyuelo, pequeño y lindo.
Eso habría hecho que matara a alguien.
Ese era su hoyuelo, por Dios.
Y él estaba condenadamente loco.

Pero eso no le impidió salir pisoteando hacia la planta principal, por la puerta de entrada, y otra vez hacia la casita de Miley .
Golpeó la puerta.
Sus brazos cruzados sobre el pecho cuando abrió la puerta y le devolvió la mirada con recelo.

—¿Qué? — No parecía hospitalaria.

Demasiado malo.
Se abrió paso entre ella y el marco de la puerta y se volvió para mirarla.

Llevaba otro de esos malditos vestidos hasta del cuello.
Odiaba esos vestidos.

—Vístete — le ordenó — Vamos a salir.

—¿Vamos? —Cerró la puerta, cruzó los brazos sobre sus pechos, y le devolvió la mirada.

Y eso lo puso duro.
Su polla se hinchó en sus pantalones con unas dimensiones que juraría no había alcanzado nunca antes.

—¿A dónde exactamente vamos?

—Primero a la tienda, — le informó ——Después, al bar.

Dios, estaba chiflado.

—¿Y por qué a la tienda? —Sus ojos se estrecharon a su vez.

Jonas inclinó la cabeza y gruñó, nariz con nariz.

—Esos hijos de puta que se acercaron a ti en esa tienda de mierda van a aprender a quien perteneces, a partir de hoy. ¿Desde cuándo, por todos los demonios, una tienda de comestibles se ha convertido en un lugar de reunión para puñeteros solteros?

—Siempre lo ha sido en realidad. —Su sonrisa era escasa. —Conoces a todo tipo de gente.

—¡Hombres!—Gruñó.

—Si estuviera buscando uno, entonces lo podría encontrar fácilmente esta semana. — Se encogió de hombros le dio la espalda y se movió por la casa. —Y estoy ocupada en la actualidad. Compré comida suficiente ayer para la cena de esta noche, así que no me hace falta ir a la tienda. —Miró por encima del hombro, los largos rizos cayendo por su espalda. —Y no estoy de humor para estar contigo, o ir al bar.

Él la miró antes de girar y pisotear a sus espaldas.
Ella le hacía pisar fuerte, joder.
Lo estaba volviendo loco.

—¿Qué quieres, Nick? —Se volvió hacia él al llegar a la cocina. — No querías ataduras. Mira, sin condiciones. —extendió los brazos a su alrededor, sus ojos azul claro mostraban un borde de dolor.